EL CASTILLO ENCANTADO

Posted on agosto 7, 2011

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EL CASTILLO ENCANTADO

Cuentan también de un chiclero que trabajaba un día sábado desde lo alto del zapote que picaba, divisó a cierta distancia la copa de otro zapote, al verlo dijo para sí: ese debe ser grande y me dará bastante resina.  Lo iré a ver y el lunes será el primero que pique.  Cuando bajó de su árbol se quitó los espolones, recogió sus trastos, los cubrió, pues ya no pensaba seguir trabajando y se fue en busca de su zapote.

Después de caminar una corta distancia, de pronto se vio frente a un gran patio cementado y tan limpio como si en ese mismo momento lo hubieran terminado de barrer.  Al otro lado de la puerta por fuera se encontraba parado un rey y al otro lada estaba la reina.  Al ver esto, dispuso curiosear y cruzó el encementado patio, se paró y escuchó con atención, pero todo era silencio y soledad, vio al reycito y a la reina que tendrían aproximadamente doce pulgadas de alto, eran de barro cocido, lo tuvo en sus manos, la coronita se le podía quitar y poner, vió hacia delante y comprobó que era la entrada a una cueva, caminó hacia adentro unos pasos.  Le dio un ultimo vistazo al rey y se olvidó del zapote que buscaba, usó un machete para dejar algunas marcas en los árboles vecinos y se dijo: mañana que es domingo me traeré algunos compañeros y entramos a ver que hay.

Al llegar al campamento les contó a los demás chicleros lo que había visto y muchos se ofrecieron para ir al día siguiente.

El domingo, cual no sería su sorpresa, al  llegar al lugar que él sabía donde estaba la cueva, no encontró nada.  No había tal patio, ni reyes, ni puerta de arco, todo era montaña.  No salía de su asombro, peor al pensar que sus compañeros creerían que los había engañado.  Aquí, les decía, principiaba el patio, aquí marqué con mi machete este chacaj, que esta parte de su tronco estaba pegado a la orilla del cemento, aquí en esta raíz puse el pie para bajar al patio.  Y efectivamente, allí estaba el chacaj marcado y allí estaba la raíz aun pelada por el resbalón de la suela dura de su tosco zapato, allí estaba la evidencia, pero de lo que había visto al día anterior, no había nada.  Todo fue un espejismo.  Así es la selva de mi tierra, la jungla de mi Petén amado.

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