LEYENDA DE TZIMINCHAC

Posted on agosto 7, 2011

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LEYENDA DE TZIMINCHAC

(CABALLO DE PIEDRA)

Texto de Profesores: Haroldo René Canek Zetina y

María Luisa Boburg de Pinelo

Escenificación del Prof. Rafael Romero Sosa

PERSONAJES:

Hernán Cortés

Bernal Díaz del Castillo

Tres frailes españoles

Cuactemozín

Dos caciques michoacanos

Doña Marina

Rey Canek

Seis soldados españoles

Diez indígenas mexicanos

Diez indígenas itzalanos

Dos pajes de indígenas mexicanos

Alcones (dos)

NARRADOR: (entre bastidores)

La creencia general de que en el fondo del lago PETEN ITZA se encuentra sumergido el caballo de Hernán Cortés, conquistador de México, ha intrigado siempre a propios y extraños y ha mantenido en suspenso los ánimos de nuestros historiadores.

Las opiniones a este respecto se hallan divididas, habiendo quienes niegan la existencia del caballo, y otros que lo confirman, alegando cada cual en su favor las razones que creen.

Para despejar la incógnita, hay que recurrir a la Historia y a la tradición, únicas fuentes de información de que es dable valerse en especulaciones de esta clase.

Unos cuantos hombres, grandes y crueles, perdidos en las marañas de un continente, recién creado, sojuzgan en todas partes la libertad. Su marcha deja atrás caminos y la huella de su voluntariosa planta es en todas partes marca de señorío.

No es extraño, por tanto que sus hechos pasen de cuerpo entero a la leyenda; con tal fuerza improvisaron la historia que en el tiempo mismo en que la fraguaban, la magnitud de sus hazañas se proyectan en la leyenda; es verdadero y tiene la pujanza de la vida cada uno de sus actos, pero su heroísmo elemental y desproporcionado se empalma con lo fabuloso en la fantasía de los hombres normales.

Tales fueron los conquistadores del Nuevo Mundo  y en todas latitudes de América hay memoria de sucesos que forman el rancio sabor de la tradición sin que haya nacido el poeta épico digno de contarla. Pasamos luego de una hazaña inenarrable que tiene por teatro el territorio de Guatemala y por faustosos escenario la selva virgen de PETEN.

PRIMER CUADRO: (decorado selva tupida)

NARRADOR: (entre bastidores)

Fue en los tiempos en que no se había terminado la conquista y ya se comenzaba la tarea no menor de colonizar tierras descubiertas. Hernán Cortés, el capitán que había sojuzgado al imperio de Moctezuma, supo de fabulosas riquezas en la casi legendaria tierra de Higueras, y allá mandó a Cristóbal de Olid, uno de sus más aguerridos lugartenientes, para que hincase en el feroz suelo hondureño los soberbios pendones de Castilla.

Pero Hernán Cortés debió presentir la traición y toda clase de calamidades, porque sin esperar noticias, llevado de su natural impaciencia y sin medir los riesgos del viaje, resolvió dejar México y acometer la hazaña de caminar por tierra hasta Honduras, para restablecer su autoridad con el peso de su bizarra y temida presencia.

PRIMERA ESCENA: (se abre el telón)

Entren Hernán Cortés, Bernal Días del Castillo, el príncipe Cuactemozín, dos caciques michoacanos, Malinche, indios e indias mexicanos, soldados españoles, dos frailes, dos pajes llevando las vajillas de oro y plata, dos halconeros; caminan entre la espesa selva en una marcha muy solemne atraviesan el escenario. Loe efectos de sonido de animales salvajes.

NARRADOR:

Con él hacía el viaje el Príncipe Cuactemozín y dos caciques de la provincia de Michoacán; Doña Marina en oficios de enamorada e intérprete; y muchos caballeros y capitanes y vecinos de México, entre ellos nuestro insigne historiador Bernal Díaz de Castillo, quien recuerda en su verdadera relación a médicos, licenciados, frailes y tres mil indios mexicanos, con sus armas de guerra; cargando don Hernán Cortés  con vajilla de oro y plata y con halconeros y pajes, en forma que debió ser impotente la marcha de tantos hombres a caballo y a pie, conduciendo en acémilas provisiones y mercancías, saliendo de Coatzacoalcos sobre el rumbo de la brújula, por tierras desconocidas  e improvisando sobre la marcha el camino.

La caminata es penosa, lenta e indecisa a través de los bosques. Zigzagueantes en las faldas de las montañas y hacia el fondo de negros abismos; a cada paso ríos caudalosos cierran el camino y es preciso improvisar puentes y balsas; en alguna regiones abundan los pantanos, en cuyas aguas cenagosas se hunden desesperadas cabalguras y acecha el peligro de las fiebres; aquí y allá los indios se dispersan al solo anuncio de la llegada de los españoles y cada vez es más difícil encontrar alimentos. (salen de escenario los personajes, se cierra el telón)

NARRADOR; (se abre el telón)

En uno de esos momentos de indecisión, ganado por la sensación de inseguridad que inquieta a sus hombres, Hernán Cortés hace un alto en el camino para realizar una terrible injusticia; sospecha de los indígenas pensando que traman algo y desconfía de la cara impasible de Cuactemozín y de los caciques michoacanos; quienes no quieren decirle a Cortés donde escondieron el tesoro de Moctezuma ; tras breve juicio; o mejor dicho, sin más que una económica investigación, manda que los tres señores indígenas sufran la pena de muerte. La ejecución sigue rápida para levantar luego el campamento y hacerse todos al camino  con las miradas hoscas y frentes ceñudas, en tanto que los indios tlascaltecas caminan más despacio y más silencioso, tal que si les pesara un fardo la cruel e injusta muerte de sus señores.

NARRADOR: (entre bastidores)

Pasaba también sobre el corazón del enorme soldado Bernal Días del Castillo la injusta sentencia de su capitán. No se borraba de sus ojos la visión del señor Cuactemozín y del cacique de Tacaba, pendiente de la soga, con la lengua de fuera y los rostros amoratados; ni se extinguía en sus oídos el último discursos del indio mexicano, valeroso y noble en la muerte, como lo había sido al respetar la vida de Cortés en Ciudad de México.

Cortés cumplió con su propósito, venciendo superiores dificultades, en viaje azaroso y en la lucha abierta contra todos los elementos de la naturaleza.

SEGUNDO CUADRO: (decorado: fondo Tayazal, templos de cartón, adoran al ídolo, caballo vivo luego muerto).

NARRADOR: (entre bastidores)

De sus andanzas por las inhóspitas, fecundas y hermosas tierras de los itzáes, el mejor elogio de la portentosa  hazaña acometida y realizada por Hernán Cortés, queda una leyenda  que ilustra los anales de la ciudad de Tayazal, en lo que ahora es departamento de Petén y particularmente su ciudad cabecera, en la isla de Flores, donde más tarde el rey Canek se sostuvo en valerosas huestes en su peñón, enhiesto como el símbolo de la libertad y valentía de la antigua raza.

Cortés estuvo en la isla y pernoctó en la ciudad de Tayazal, admirando la singular decoración de sus templos poblados de ídolos; la industriosa inteligencia de los nativos y la existencia de sus enalthies, libros en que se conservan los secretos de su religión y sabiduría.

De aquí dicen que tuvo origen el ídolo que adoraban los itzáes con figuras de caballo porque habiendo muerto el que les dejó Cortés, hicieron los indios su figura, porque cuando volviera viese que no había muerto por descuido suyo.

Esta figura de caballo, hecha de calicanto, muy perfecta era el gran ídolo de los itzáes. Estaba como sentado en el suelo del templo, sobre las ancas, encorvados los pies, y levantado sobre las manos. Adorábanle aquellos barbados por Dios de los truenos y Rayos, llamándole TRIMINCHAC, que quiere decir CABALLO DEL TRUENO O RAYO.

PRIMERA ESCENA: (se abre el telón)

La historia dice que la causa de tener estos barbados aquel ídolo, esta estatua de figura de caballo, en tanta veneración, procedió de que habiéndoles dejado don Hernán Cortés cuando pasó por allí, aquel caballo morcillo, que se despeño en el puerto de lagartos, ellos pretendieron curarle, entendiendo que era animal de razón, le daban a comer aves, otras carnes, frutas, miel y le presentaban ramilletes de flores, como acostumbraban hacer con las personas principales cuando estaban enfermas. Todo este regalo y honra redundó en acarrearle la muerte, lo cual acaso, no hubiera hecho del él achaque, si le hubieran dejado siquiera pasear, aunque no le hiciesen otra curación.

“Y viendo muerto el caballo que Cortés les había dejado encomendado con tanto cuidado, les causó gran sentimiento su falta y el temor que tenían a Cortés, era muy crecido, pro saber era el capitán que había sujetado a la gran ciudad de México (se empieza a cerrar el telón), y se persuadían, aunque en llegando a Honduras enviaría por él, o si volviese por allí lo pediría. (Se cierra el telón)

SEGUNDA ESCENA:

Convoca el Rey Canek a consejeros y disponen construir una estatua (aparecen indígenas haciendo el caballo

NARRADOR: (entre bastidores)

“convocó el rey Canek a sus principales, para determinar qué respuestas habían de dar; cuando les fuese pedido el caballo, que pudiese satisfacer el empeño en que habían quedado, de curarle, de cuidarle de él, y devolvérselo”.

“Resolviéndose que se hiciera esta estatua, representativa del caballo y que se pusiese en el adoratorio, o templo principal; pues eso, si los españoles volviesen por el caballo ya que no le podían entregar vivo, viendo que tenían su estatua en aquella veneración y reverencia, satisfacerían con ello, pues no habían sido culpables en habérseles muerto, sin haberlo podido remediar y se les daría crédito”. (Se abre el telón)

TERCERA ESCENA:

Aparece el caballo ídolo  echado sobre sus ancas, en el interior de un templo adorándolo.

NARRADOR: (se abre el telón)

“Ejecutóse, en fin la fabricación de la estatua, y se colocó en el templo, en lugar prominentes los de los demás dioses, que aquellos bárbaros adoraban. Pusieronle el nombre de caballo del trueno o rayo TZIMINCHAC, por haber visto, que algunos españoles de aquel viaje de Cortés disparaban las escopetas encima de los caballos, cazando venados; y entendieron que estos animales eran causa del estruendo que hacían, les parecía trueno, y a la luz del fogón y humo de la pólvora tenían por rayo”.

“De aquí tuvo ocasión el demonio, con todo esto, junto con la ceguedad de sus  supersticiones para que se fuese aumentando cada día más la veneración de aquella estatua, tanto que al tiempo de esta predicación de los padres Orbita y Fuensalida, era ya el principal ídolo que veneraban, entre los demás, abominables y muchos, que tenían aquellos itzáes”.

TERCER CUADRO: (decorado: el mismo del segundo cuadro y destrucción del ídolo).

PRIMERA ESCENA:

Adoración del ídolo y destrucción. Entran los dos frailes al templo seguidos por varios indios donde el ídolo es adorado. El padre Orbita se sube encima de la estatua y la destruye. Los indios se indignan.

NARRADOR: (telón abierto)

“con la conquista que hizo de aquella isla el Gral. Don Martín de Ursúa, se verá claramente que esta estatua de caballo, si la tenían, y veneraban los itzáes, no era en memoria ni era trasladado del caballo de don Hernán Corté, porque éste, originalmente lo tenían, aún en mayor y más torpe veneración, y abominable culto,. Que lo que se ha dicho”.

“Cuándo los padres entraron al templo, donde estaba  la maciza bestia, acompañados de la multitud de indios, que los seguían, así , así que el padre Orbita se paró en tal estatua, no parecía sino que había descendido el espíritu del Señor en él; `pues arrebatado de un fervoroso y valiente celo de la honra de dios, cogiendo una piedra en la mano se subió encima de la estatua del caballo y la hizo pedazos, desparramándolos por el suelo”.

El acto del padre Orbita, causó indignación entre los indios mas no en grado que ofendieran o agrediesen a los religiosos, quienes hallaron motivo para predicar contra la idolatría, explicando la naturaleza irracional del caballo”. Naturalmente, la interpretación y los comentarios de aquel cronista respiran las ideas de su época, cuando no era posible formar imparcial y justo criterio sobre la religión y costumbre de los nativos. (Se cierra el telón)

SEGUNDA ESCENA:

Traída del caballo en una canoa grande por la laguna, y caída al agua entre dos puntos Nitún y Lepet. (Decorado: fondo pintado de Nitún y Lepet, isla, agua).

NARRADOR: (entre bastidores)

“Corría el año de 1697 cuando entró el general Martín Ursúa y Arismendi a la isla de Flores, existían todavía veinte cués o adoratorios, uno muy hermoso y capaz, y en el centro del templo muy curiosas reliquias, en lo alto de él estaba pendiente, tres fajitas de diferentes colores, de hilo de algodón, una canilla de hueso, medio podrida; y más debajo de una taleguilla de tres cuartas de largo, y en ella pedacitos de huesos, también podridos; y debajo puestos en el suelo, tres zahumadores, incensarios o braseros, con estoraque y otros aromas, con que hacían los holocaustos, y algunas hojas secas de maíz, y en ella envuelto estoraque cosa que no se vió, ni halló en los demás ídolos, solo en éste; pues los demás solo tenían incensario o zahumarios, animcopal y encima de la canilla, en la parte superior, estaba puesta una corona”.

Habiéndosele preguntado a una india vieja ¿Qué era el tezimin del gran capitán que así le llamaban ellos; porque decía que eran los huesos de un caballo que habían dejado encomendado el rey o un rey, que hacía mucho tiempo había pasado por allí”.

NARRADOR: (entre bastidores)

La tradición asegura que la escultura fue cincelada en Tzimintun que quiere decir caballo de piedra, lugar perteneciente al pueblo de San Andrés de este departamento, cercano a la orilla del noroeste del lago; después de labrada la esfinge, trató de transportaría a Tayazal, lago de por medio, para ser venerada en el principal de los adoratorios, pero estando en esta diligencia, naufragó la canoa que la conducía, yéndose al fondo entres las puntas de Nitún y de Lepet, en cuyo sitio estuvo visible por algún tiempo durante los reflujos periódicos de la luna y en días de sol y de calma; que la estatua que encontraron y destruyeron los monjes en el año 1618, fue hecho posteriormente en reposición de la primitiva que naufragó y fuese al agua; y por último, que si no se ha logrado verla en los últimos tiempos, se debe a que la fabricación sería demasiado pesada y hundióse en el cieno, o habrá criado lama, confundiéndose con las algas sublacustres y entorpeciéndose por eso la visualidad.

Es posible que ninguna de las dos versiones precedentes, la historia y la de la tradición, satisfaga cumplidamente, dejamos criterio de cada quien el partido que le parezca más acertado.

FIN

Transcribió: Nelson Alejandro Córdova López

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