EL AS DE LOS CHICLEROS

Posted on agosto 8, 2011

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EL AS DE LOS CHICLEROS

 

Hace muchos años, muchas temporadas, cuando la selva era virgen, los ríos, lagos, ruinas, templos, arboles y nidos respiraban aire virgen, el hombre no había dejado marcada su huella devastadora y depredadora.

 

La montaña era pura, llena de frescura, verdor y lozanía; con olor a jade, habitada por una fauna numerosa, pintada de los más vistosos colores. Selva que dio vida a Petén al brotar del chicozapote el “oro blanco”. Empezaron a llegar los más famosos machetes y de los buenos, dignos de recordar. Muchos dejaron sus vidas entre ropos y espolones. Se entregaron a sus riesgosas faenas por el progreso de la tierra petenera, digno sería que el parque de ciudad Flores luciera con orgullo un monumento a tan intrépido trabajador, el chiclero.

 

Sobresalió por sus hazañas el famoso Arcadio Bonilla Maradiaga, originario de Benque Viejo del Carmen Belice nuestro perdido territorio. Llegó a suelo petenero allá por el año 1945, cuando la chiclería era muy productiva. Frisaba los 30 años de edad, joven, honrado trabajador y enamorado. Pasaba cinco o seis meses abrazado a sus aperos de chiclería. Terminaba su contrato antes del tiempo establecido y superaba la cantidad de chicle a entregar. Bajaba de la montaña para disfrutar en grande. Algunas veces se iba al Pacay a jornalear. Durante los días que permanecía en ciudad Flores le metía duro a la caña. Era

cosa seria, con buena dosis entre pecho y espalda sacaba a relucir, no el filoso machete, sino su famoso dicho “Yo soy Arcadio Bonilla Maradiaga el As de los Chicleros y el Chinchín de las mujeres bonitas”.

 

Era de los que lanzaba mucho dinero desde los altos del hotel Novedades, propiedad de don Tono Cambranes. Los niños que lo habían seguido, esperaban la lluvia de monedas. Prendía su cigarro con el billete, no el valor. Circulaba mucho dinero, también chupaban bastante, al punto de alcanzar el grado de inmunidad necesaria para soportar los rigores de la nueva temporada.

Arcadio BonillaMaradiaga, leyenda de montaña, dejó la chiclería cerca de los cincuenta años de edad. Así como vino, misteriosamente, desapareció. Es posible que haya sentido el llamado de su tierra natal.

 

Por las calles de ciudad Flores, pueblos circunvecinos y hasta en la misma selva, que ahora de virgen no tiene nada por tantos impunes saqueadores, vaga su espíritu y su recuerdo. A lo lejos se escucha el picar del machete, el puyazo del espolón y el deslice de la resina, que diera fama, vida y esplendor a Petén.

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