SECRETARIA CENTRAL

Posted on agosto 8, 2011

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SECRETARÍA CENTRAL

Han pasado los años, las calles empedradas ya no lo son, ha surgido el adoquín y han cambiado la fisonomía de mi ciudad.

El empedrado lucía brillante con el paso de la gentes, ¡Mi gente! Los faroles en cada esquina encendidos le daban a mi isla, el calor y color, dignos de una princesa lista para el amor. Se encendían al aparecer el ocaso del día, paso firme hacia la noche, quehacer del sereno de turno.

En el Callejón de la Cruz, llamado así porque en una especie de gruta había una cruz gigante, pintada de verde, aún lo recuerdo porque de niño nos hacían ir a besar esa cruz.

De noche, excepto los vecinos, nadie transitaba ese lugar porque se hablaba de aparecidos en forma de animales documentales, a las doce de la noche se aparecía un chunto de grandes proporciones, se paseaba y atacaba a quien osaba cruzar el callejón. Es la aparición que el pueblo temía, nadie caminaba por esas calles pasadas las doce de la noche, ni sus propios vecinos.

Por allí vivía un señor moreno y chaparro, diz que era brujo, le llamaban Cayetano, solo se sabía que vino de Belice. Muy poco se le veía, solamente cuando salía a comprar sus alimentos.

Una noche Lencho se echó los tragos y envalentonado decidió borrar la leyenda; Lencho también era de origen africano, negro como la noche, llegó a la gruta se santiguó y penetró al callejón con cautela, llevaba en la mano piedras enormes. Sonaron las doce campanadas en la iglesia de los Remedios del Itzá, terminando la última campanada, empezó a soplar en el callejón un viento frío que erizaba los pelos, llegó de pronto un fuerte aleteo y la presencia de un chunto que decía ¡Cien pesos al que lo saque!

Lencho empezó a temblar del miedo, pero sacando fuerzas de flaqueza, le lanzó la primera piedra y lo tiró al suelo, pues le había acertado en la cabeza, envalentonado le siguió tirando sin acercarse demasiado. De pronto el animal se fue desapareciendo en la oscuridad de la noche. Lencho se atrevió a cruzar el callejón y llegar a donde había estado el guajolote. Vio algo en el suelo, una mancha, latoso con los dedos ¡era sangre!

Tembloroso se encaminó a la cantina de don Próspero que vivía por ese lugar, tuvo que aporrearle la puerta a fin que le abriera, compró un trago y se lo rempujó en un santiamén y luego otro para que pasara el flato.

Al día siguiente nuestro protagonista pasó temprano por el lugar y vio la mancha de sangre. Ese día no vieron salir a Cayetano como de costumbre.

Pasaron varios días, al fin salió con la cabeza vendada y un brazo en cabestrío, ayudándose con un bastón, pues renqueaba.

No se supo más de Cayetano.

La gente rumoró lo sucedido y empezó a perderse el miedo a cruzar el callejón.

Como a los cinco años regresó Cayetano y se hospedó en casa de doña Luisa, par ese entonces Lencho el negro ya tenía su secretaría central y compostura de relojes, especie de taller disfrazado,  pues tal Secretaría Central era un centro de alquiler de camastros para fines sexuales. He ahí pues el suntuoso nombre de cuchitril.

Había Lencho estudiado las malas artes de la magia negra. Así que tan pronto se enteró del regreso de Cayetano, fabricó un muñeco con sus facciones y lo puso en un descuido en la pila bautismal, haciéndole toda clase de sortilegios y abracadabras del hechizo. Por lo que Cayetano empezó a sentir los efectos del maleficio, hablaba solo incoherencias, gestos de miedo, gran dolor de cabeza, alucinaciones visuales y auditivas. Sus gritos se escuchaban por toda la calle quince, por lo que se aglomeró a la boca del callejón. Se sentía un olor fuerte como a cabellos chamuscados.

Doña Luis en la calle oraba a Dios. Mientras Cayetano dentro de la casa clamaba al diablo. Este le contestaba que no había cumplido con el pacto por lo que tendría que llevárselo, su alma le pertenecía.

En el colmo de su dolor y desesperación Cayetano enloqueció, salió a la calle y sin medir consecuencias se tiró a la laguna, del agua brotaron grandes borbotones de vapor como si estuviera extinguiéndose un gran incendio. El cuerpo quedó flotando y la policía levantó el cadáver para darle sepultura, ya que la gente católica, por fidelidad, no fue a su entierro. La autoridad tuvo que hacerse cargo de ello.

Anéctodas como estas se escuchaban por doquier en la década de los cuarenta. Especialmente, debido a la candidez y humildad de la gente, tío Chee, un anciano que divertía a la niñez petenera con sus relatos, era muy visitado debido a esa virtud.

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