EL CERRO DE LAS COJOLITAS

Posted on octubre 29, 2011

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EL CERRO DE LAS COJOLITAS

 

Esta es otra de tantas estampas peteneras que me contó mi señor padre, Víctor Tut Mis (E.P.D).

 

Sucedió en la década de los 5O’s, cuando mi padre se encontraba en sus años mozos, indica que en Petén la única fuente de trabajo era la chiclería.

 

En esos tiempos las montañas eran vírgenes, y a principios de julio de cada año se enganchaban con algún contratista. En esta ocasión, todos los chicleros eran de San José, Petén, acostumbrados a internarse en la selva, aperados con pabellón, costalilla, polainas, espolones, ropo, bolsas ahuladas, escopeta, guitarras, utensilios de cocina, paila y sin faltar ” ‘Cachiro’ “, su perro cazador de venados, hueches y tepescuintles.

 

Después de varios días de camino, llegaron al hato El Palmar, donde trabajaron fuerte en picar el chicozapote y completar los 12 ó 15 quintales para terminar su contrato y regresar con buen dinero al

pueblo, o dejarlo en la primera cantina que encontraran” El trabajo del chiclero está catalogado como los más agotadores del mundo; por las noches tenían qué hacer guardias por miedo a los tigres que en varias oportunidades habían devorado a sus chuchos.

 

Una tarde del mes de noviembre, terminaba de llover y el ambiente de la montaña despedía un perfume natural, con aroma de pimienta. Las gotas de agua salpicaban las hojas de la maleza, alternando con cantos de chachalacas, pericuyos, guacamayas y un sinfin de pájaros silvestres saltando por doquier. El aire fresco corría, dejándose sentir la humedad del invierno petenero.

 

Los domingos por las tardes, mi padre siempre se divertía yendo de cacería con escopeta en mano, linterna y su Cachiro. En esta ocasión se dirige más al norte, por una pequeña vereda y después

de caminar por más de una hora, llegó a un encaño.

 

Al internarse en ios espesos matorrales pudo ver varios venados comiendo bejucos, y entre la manada había uno más grande. Sus ramazones o cuernos eran de color rojo oscuro, y sin pensarlo dos veces, muy emocionado le apuntó con el arma y disparó, acertándole en una pierna.

 

Con el ruido del disparo y los ladridos de Cachiro, se armé un alboroto y todos se desparpajaron, huyendo los venados en precipitada fuga.

 

Don Víctor soltó al perro para que siguiera la huella del animal herido, que iba dejando gotas de sangre por donde pasaba. El ladrido del perro indicaba la dirección correcta, por lo que corriendo por bajillales y espinas, persiguió al enorme animal, hasta llegar a un cerro donde habían muchas cojolitas, unas volando y otras corriendo, como acompañando al venado y quienes desaparecieron por arce de magia.

 

Al pié del inmenso cerro se encontraba una cueva de unos cuatro metros de ancho, y a su alrededor crecían matas de shate. En el ”copo’ ‘ del cerro, muchos árboles de hasta tres metros de grueso.

 

Dentro de la cueva había una laguneta, en la cual Cachiro tomaba agua, mientras él se sentó a descansar sobre una piedra y a admirar la belleza de dicho lugar que parecía un salón de recepciones. Del interior de la cueva salían ”soches’ ” en cantidades

industriales.

 

Prendió su linterna y observó muchas huellas de venados. El silencio que reinaba, fue interrumpido por el canto de las cojolitas y un estruendoso chiflido del interior de la cueva, seguido de un olor fétido. Como ya le había entrado la noche, el cazador decidió regresar al día siguiente, para lo cual marcó un frondoso árbol aledaño a la cueva.

 

De regreso al hato, contó a sus compañeros lo sucedido, quienes quedaron invitados a comprobar esta aventura.

 

Al día siguiente, al llegar al cerro de Las Corolitas e internarse en la cueva, lo extraño fue que las huellas de animales no estaban. Cojolitas? ni para medicina.

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