ANECDOTAS DE UN CHICLERO

Posted on octubre 30, 2011

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ANECDOTAS DE UN CHICLERO

Edgar Góngora Segura

Santos Teodoro, nombre de pila, 1.75 de estatura, complexión fuerte, chiclero de primera, con un récord apreciado de 30 quintales por temporada. Su honestidad y seriedad completaban el honor de

un currículo que demostraba su dedicación al chicle desde temprana edad.

Para esta temporada contaba con 40 años de vida, todo eso… y más, hacia que los patronos se arriesgaran a contratado con un enganche de 4.200.00 y mensualidades de Q.75.0O para su familia, que por cierto era numerosa, Corría el mes de septiembre y Santos Teodoro se enganchó para la temporada de chicle. Preparó sus aperos: ropos, polainas, espolones, utensilios de cocina. Aceitó su rifle calibre 22; una caja de expansivos trajo del otro lado (Belice). Canelo, Sultán y la Chispa movían la cola en señal de felicidad.  Viajarían con su amo porque eran fieles. Muchas cicatrices en sus cuerpos constituían el recuerdo bravuco del tepezcuintle y de los coches de monte. Los pixtones se duplicaron para los caninos, porque el día de salida estaba próximo.

EI día de partida se llegó; noche anterior, Santos se puso buena tuna y la serenata por las calles no le faltó; pues era la despedida de los chicleros.

La temporada correspondía hacerla en las montañas de Carmelita, montes que Santos Teodoro conocía como las palmas de sus manos.

El buen chiclero partió.

AI llegar al lugar donde acamparían, Santos, como siempre, fue el primero en levantar su “champa” de palmas de guano. Un pequeño

tipix preparó; luego colgó su hamaca de lona azul con mallas nuevas de heneguén. Acomodado en su champa, el cansado chiclero se recetó su descanso.

A los dos días, Santos Teodoro inició su trabajo formalmente monteando chicozapotes por doquier, picándolos con toda vocación y así extraer la bendita resina que se convertiría en pisto contante y sonante. Así pasaron los días y Santos, ni los domingos descansaba. La carne de monte no le faltaba en las horas de comida.

Una mañana, cuando pocos chicos había picado, los tres perros que se habían distanciado, rastreando, empezaron a ladrar: Guau; guau; guau… el ladrido era cortante: Guau; guau; guau.. Santos se detuvo. Unos zancudos que zumbaban al oído los espantó con una rama de ramón. Guau; guau; guau:… los perros seguían ladrando.

Avanzaban los penos y ahora los ladridos eran más seguidos: Guau: guau; guau; guau. El chiclero tomó rumbo y con su machete se abrió paso en carretera precipitada. Conocedor en el arte de caza, el tono y frecuencia del ladrido era una sabia comunicación; por eso, el chiclero cazador no dudó que se trataba de un animal de

carrera y no de cueva.

Nuevamente se detuvo, una inspiración profunda-forzada lo ayudó a escuchar. Los perros habían dado un ligero cambio a su ladrido; ahora más seguido que antes, como acosando al animal. El buen chiclero exclamó para él algún animal tienen plantado-. Aligeró su

carrera y sin hacer picado alguno al monte llegó al punto. Observó a los tres peros que rabiosamente ladraban en el tronco de un Santa lv\aria, con la mirada hacia arriba.

En la copa de este árbol, bien acomodado, estaba el tigre que acosado por los caninos había escalado hábilmente y miraba hacia

abajo a los perros que ladraban, rascaban tierra y mordían raíces.

La piel del tigre, de aproximadamente cinco pie! de largo, seria vendida al Dr. David Coe, por la suma de cien quetzales. ¡Estupenda ganancia! –exclamó Santos-. Un expansivo en Ia cabeza, sin dejar que los perros lastimen su bella piel. Nada más.

Pero cuál fue la sorpresa del fatigado chiclero al notar la ausencia de su rifle, que por olvido lo había dejado en la champa. Comparó el

Valor del tigre y el sacrificio de ir al campamento por su arma. Eran las dos de la tarde; el día continuaba nublado.

¡Cien quetzales es una mañana, magnifico! – Exclamó Santos-, Como el emocionado chiclero no había hecho camino en la montaña, su regreso al Santa María lo estaba realizando sin ninguna dirección definida, porque el sol no quiso darla cara ese día. En el fondo, Santos Teodoro confiaba en sus perros que cuidaban celosamente al tigre; no había duda de esto. Caminaba con paso firme, seguro y rápido. A cada trecho se detenía y sólo oía el ruido del silencio de aquella montaña que sólo estaba herida por

las manos de los chicleros. Y su ropa de lona en color azul había cedido, estaba rasgada por varios lados.

Eran Ias cinco de la tarde y Santos no encontró el Santa Maria; entonces regresó al campamento muy cansado. Se percató que en las carreras iniciales que dio perdió su reloj de pulsera.

La temporada terminó y los penos no volvieron, desconociéndose su paradero. El patrono canceló inmediatamente al chiclero, quedando pendiente el pago de la humedad.

Santos Teodoro regresó a casa y con tristeza contó a su esposa la pérdida del reloj y de los perros. No volvería¿ a esas montañas, hasta que la madre naturaleza cenara las heridas de aquellos chicozapotes y les renovara la resina extraña.

Así pasó el tiempo. Santos viajaba a Uaxactún, Dos Lagunas, Paso Caballos o a otro lugar donde abundara el chicle. Sabía aprovechar

las temporadas. Pues a Carmelita algún día volvería, dado el sistema rotativo que este trabajo obliga.

¡Y ASI FUE! A los diez años, por decisión del patrono, a la cuadrilla de chicleros donde viajaría Santos correspondió trabajar en las mismísimas montañas que mal recordaba por la pérdida de sus cachorros. La imagen bella de aquel Santa María, con excelente presea en su cúpula, instantáneamente, cual si fueran cortos de películas, pasaban por la mente del trabajador chiclero.

Ya en su campamento, Santos inicia una nueva temporada de chicle. Tanto viajaba para el norte como para el sur, este y oeste, en busca del preciado chicle que viajaría a Japón. Aunque conocedor del monte, después de tantos años no pudo reconocer sus “viejos picados en la inmensa montaña; todo había crecido, pues Io que fue cortado a su paso, estaba retoñado.

Un día, habiendo picado algunos chicozapotes, caminaba en busca de otros más, cuando repentinamente oyó: Tic-ta; tic-tac; tic-tac.

inconscientemente se asustó. Dirigió su mirada ¿y se sorprendió quedó al ver su reloj de pulsera perdido hacia diez años, abrazaba tensamente el tallo de un árbol. Lleno de felicidad se rehízo de él; tomó tiempo y con garantía se orientó y dijo: ¡Hacia el sur Encaminándose hacia el Santa María, Santos vivió momentos de alegría y tristeza. Guau; guau; gua. Un recuerdo; una esperanza y se extinguía. Guau; guau; guau; guau, La esperanza del hombre fuerte que nunca muere sin con él. Sus perros, aquellos perros que tanta comida le habían brindado. ¡No! No puede ser. Pero todo es posible. Caminaba desesperadamente; el corazón de Santos latía más rápidamente. Mis perros, mis perros. Algo brillaba a lo lejos que en un solo lugar se movía, pues era un precioso pavo petenero que tranquilamente se espulgaba.

Al fin llegó SantosTeodoro al Santa María; miró su ancho tronco y con suma tristeza, a su alrededor estaban Canelo, Sultán y la Chispa, cuyos esqueletos con su mirada fija habían quedado viendo hacia arriba. Lentamente dirigió su mirada hacia arriba, notando que el esqueleto del tigre dispuesto a defenderse miraba a los perros, Mientras tanto, Ias ramas del Santa María chillaban, no por la muerte de los mamíferos, sino porque el viento las movía en caricia selvática.

Por su fidelidad, los esqueletos de los perros quedaron viendo para siempre hacia arriba; por el orgullo, el esqueleto del tigre descansaba en la cúpula del Santa María. Mientras que Santos Teodoro vive todavía, no dedicado al chicle, sino a la siembra del maíz.

Esta clase de historietas y muchas más, se han cocinado como el chicle, en la intimidad de los campamentos chicleros de Petén, por la ingeniosidad de los chicleros que en sus horas de descanso cantan, cuentan historias aprendidas y no habiendo más que contar tienen que ser creativos.

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