EL MAESTRO PEDRO, CAZADOR DE MARIPOSAS

Posted on octubre 30, 2011

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EL MAESTRO PEDRO, CAZADOR DE MARIPOSAS

De aquellas que se ponen entre las hojas de los y se olvidan.

El Maestro Pedro terminó su paradojal escepticismo asistiendo a la Iglesia del Pueblo de P.; aunque fuera en un principio para escuchar la palabra de Dios en labios del cura Aldalef; y después, rebatirle los conceptos místico-filosóficos en la casa de don Manuel López. Aquella casa de tertulias, donde el tema menos discutido era el de literatura; pero sí, y con énfasis, el de filosofía social. Tema que nadie entendía y en el que todos participaban para sacar conclusiones partidaristas y personales. Y después, agarrarse a mordiscos de lobos, de hermanos contra hermanos, de hijos contra padres.

Después de un período largo de batallas, de luchas frenéticas y de protestas. Algo. Aunque fuera en Dios. No, en el Dios de Roma y de los romanos actuales. en el de Aldalef; sino, en el Dios Desconocido helénico. En ese Dios, que San Pablo interpuso en el Olimpo. Un Dios puro, bueno, justo, perfecto… Un Dios de él. De todos los seres humanos buenos, como lo era el Maestro Pedro- Incapaz de

una mala mirada, de un gesto irasible.

La soledad de la casa en el callejón le empujaba el espíritu a buscar

compañía. Como que el hombre es un ente político-social. El decir de uno de los Siete Grandes. E, inconscientemente, se hallaba de pie frente a la puerta del Templo de Nuestra Señora. Una puertona de madera abierta. Allá adentro, en el presbiterio, Aldale. Decía a los romanos: “…amaos los unos a los otros…”.

“Amaos, armaos…, amaos, armaos…” El Maestro Pedro entraba y, de pronto, se encontraba acompañado en el Templo. El y Dios. Su Dios. “Nunca estoy mejor acompañado que cuando estoy solo”, le dijo una vez Esopo a su mujer”. Osmosdeisarse. Cosmosteogonarse. Filosofar.

Las batallas, las luchas frenéticas y las protestas en casa de don Manuel López, que cuando ya no bastaban las palabras convincentes, la gringa, Mrs. Bárbara, más bárbara que los bárbaros frente a León III, acudía a la Política del Garrote, el alemán al bistón infamante, el gachupín a los gritos energúmenos y el mexicano a los balazos amedrentadores, entonces… entonces. terminaban con las infalibles y pontificias sentencias del Maestro Pedro, que Miguel Angel-niño, doña Dorotea Teodora-madre y la María de Jesús-pariente asentían con la cabeza, en señal de apoyo irrestricto, porque el Maestro de Maestros estaba diciendo verdad. Verdad para ellos tres. Su verdad de gente deprimida e ignorante a la vez.

El Maestro Pedro había sembrado semillas de rebelión en un pueblo tan disímil y heterogéneo y las ideas brotaban tan raquíticas que semilla e idea eran incapaces de representar un motivo de política arrastradora de multitudes.

“…y hubo simiente que cayó en roca dura y no fructificó…”, decía Aldalef tras la balaustrada. “Sin embargo, este argumento puede rebatirse”, pensaba el Maestro Pedro, sentado en un banco, a dos pasos del presbiterio;  “pero rebatirse cuando, si ya nadie tiene oídos para escuchar”.

El Maestro Pedro estaba viendo cómo los árboles de viejos, iban declinando las ramas hacia el sepulcro: herr Shenekemburguer no pasaba de dar dos pasitos cojito pie para sentarse después a descansar porque sentía que el corazón en el pecho le saltaba hecho pedazos; don Juan López, el héroe de Calaburras, según decía él, sentado en una butaca, ya ni alientos tenía para echarle vivas a España y entonces se contentaba con ver pasar los minutos  el tiempo y reírse; la mongola de Ulán Bator, sin dientes, no sentía maldita la gracia de echarse al buche un par de tortillas tostadas con manteca de latones. Todos. Todos, en plena decadencia. “Ah, como que todo tiempo pasado fue mejor”. “Y como que la vida son los ríos que van a dar al mar, que es el morir”.

Optó por encerrarse en sus libros. Leyó y releyó entera la biblioteca de Pedagogía, Psicologías, Antropologías, Sociologías y Filosofías y siempre le brincó la pregunta en el cerebto: “¿Dónde está la verdad? ” Su verdad. La verdad como valor. La verdad a priori. La de Kant. En todos los estadios, pasado, presente y futuro estaba la soledad con sus mariposas disecadas. El vacío del mensaje de los hombres. Las cuatro paredes de su cuarto encerraban el limbo oscuro de la duda cartesiana. “Dudo, existo; existo, dudo” falaz. Tanto escrito, tanto hecho y el hombre es el mismo indefinido mundo de ser y no ser.

Un día, gritó su propia Eureka: la realidad de su soledad era su verdad. El martirio de su soledad. Esa edad inescrutada de los cuarenta a los cincuenta años. su “adolescencia en la madurez”. “¿Qué he hecho en la vida? ¿Qué soy? ¿A qué vine al mundo? ¿A dónde voy? “Sin mujer que le hiciera el atolito de maíz; sin hijos que dieran vida al hogar; sin nietos inocentes; sin una pariente en quién

descansar el costado, la cabeza. Esta amarga verdad tendría que acabar son su ser. “Cuando la vida es un martirio,.. eI…”

Se sintió impelido a salir a la calle gritando: “no… no… no..,” Y comenzó a recitar versos de Quevedo, a contar anécdotas de Bertoldo, chistes de Don Chevo, que a pocos hacía reír y a muchos llorar. Era el maestro que nadie escuchaba y que lodos oían para despues sonreír de amargura, diciendo: “ya, no”. Y el Pueblo de P. se estremecía con un “yaaa, nooo”.

“El Templo, dijo un día, iré al Templo a buscar interlocutor”. Y habló con las columnas viejas (como sus ideas), con el silencio santo, con la Biblia, con Aldalef el Chapetón.

A partir de este gesto, el Maestro Pedro era distinto ahora: un hombre que todos empujaban en la calle; que todos saludaban por costumbre; que lodos admiraban por ley y él que “ni cuenta que se fijaba”. Los comentarios se regaban como pólvora y concluían en un veredicto unísono: “está chiflado”.

Una tarde, corrió la noticia en el Pueblo de P.: “El Maestro Pedro ha

muerto”.

“Se murió el Maestro Pedro”, decían la Roberta y la Renata en su tienda de ultramarinos.

“Sí, es cierto”, contestaba a gritos el italo Visconti.

“Si, es cierto, murió sentado en un banco de la lglesia de Nuestra Señora, contemplando la imagen de Dios Resucitado”, se restregaba las manos de contento el cura Aldalef.

Esto último, no es cierto”, decía Miguel Ángel López Pérez. No podía digerir la noticia. El nunca llegó a comprender bien al Maestro Pedro. Largos años de conferencias, encerrados entre los signos de interrogación y entre los de admiración.

El entierro fue una apoteosis; pero allá en la punta de la esquina de la Calle Centroamérica, Miguel Angel decía: ” ¡¿Y ahora, para qué?

FIN

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