EL ULTIMO ABRAZO – A LA MEMORIA DE MI QUERIDO AMIGO VIRGILIO RODRIGUEZ MACAL

Posted on octubre 30, 2011

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EL ULTIMO ABRAZO

A LA MEMORIA DE MI QUERIDO AMIGO VIRGILIO RODRIGUEZ MACAL

PABLO OCHAETA TRUJILLO

Al empezar a redactar estas cuartillas, traigo ante ustedes la imagen en el recuerdo del gran amigo mío, novelista y escritor Virgilio Rodríguez Macal, teniendo que suspender a menudo esta narración, pues las lágrimas, que por el recuerdo brotan inevitablemente, empapan mis casi apagados ojos.

Hace más de cuatro décadas que vivirnos él y yo, en esta bendita tierra petenera, los sucesos que me han motivado dárselas a conocer hoy y que tuvieron su origen en el año 1962, cuando Virgilio y Augusto Poitevín -otro gran amigo- hicieron juntos su último  viaje a esta incomparable región de Guatemala.

La obra cumbre del literato -“GUAYACAN”- va la tenía terminada en Ia fecha indicada; solo faltaba algo para el toque final… En su último viaje, desde la capital hicieron el plan de actividades: Estarían una

semana completa y en mi finca Buenos Aires se quedarían todo ese tiempo; su deseo era recorrer las sabanas, cazando lo que saliera, y montar a caballo. Juntos recorrimos las extensas sabanas de Santa Ana, La Libertad y San Francisco; Ios grandes ríos corno La Pasión, el Salinas, el San Pedro, y el bajo, alto Usumacinta; como también todos sus afluencias importantes.

Fue en esos bellos y escondidos parajes en donde Virgilio, el genio de la novela, que en contacto con la naturaleza virgen, exótica y misteriosa, se solazó el espíritu y tornó sus apuntes que después plasmarla en su gran obra GUAYACAN Estaba previsto que, al regresar a la Capital, se dedicaría de lleno a la terminación de su obra y se sometería a un tratamiento médico de una dolencia que hacía tiempo le aquejaba.

Era aquel su ultimo viaje a éstas tierras, era verano y teniendo el arroyo Subín como límite sur de mi citada finca, ubicada en la gran llanura de Ixpetó, dispusimos una mañana ir a dar un baño; las aguas eran claras, limpias y frescas porque corrían bajo una espesa montaña de corpulentos árboles que no se habían cortado desde muchísimo tiempo atrás. Después del delicioso baño nos sentarnos en unos troncos que estaban en la orilla de la suave corriente. Encendió Virgilio un cigarrillo, cuyo perfumado humo llenó el ambiente; le pasó otro a Poitevín; yo no fumaba, y opté por echarme repelente para auyentar  un poco los tábanos, mosquitos y zancudos que abundan en las montañas húmedas, en los depósitos de aguas estancadas y en los ríos.

Nadie hablaba; Virgilio contemplaba abstraído las volutas de humo que se formaban del oloroso cigarro cada vez que exhalaba las pequeñas bocanadas. De pronto tiró la colilla al arrollo produciéndose un-l ligero chisporroteo; el delgado hilo de humo, terminando en espiral, se desintegró al instante. Se levantó y, se acercó a mí, y poniendo  suavemente su mano derecha sobre mi hombro, me dijo: “Pablo, he llegado a la conclusión que existe un gran paralelismo entre su infancia, su adolescencia y su juventud y el personaje central que desde hace tiempo vengo buscando para mi nueva obra que tiempo vengo buscando para mi nueva obra que titularé Guayacan; ese personaje ya lo tengo!, hoy mismo lo he encontrado: se llamará ¡Pablo Ochaeta!.

HABLA VIRGILIO RODRIGUEZ MACAL

Lo imprevisto de esta declaración, hecha por el autor de tantas obras literarias, de una cultura mil veces superior a la mía, me causó tal impresión, que nada pude contestarle de momento; inconcientemente retrocedí un paso dentro del arroyo, y ya repuesto

iba a responderle, cuando él, con la fineza y educación con que se conducía, volvió a acercarse, con la mano abierta, como diciéndome: “un momento por favor”, y continuó: “Según el interesante relato que usted me hizo no hace mucho tiempo, de cómo fue su vida hasta llegar a la juventud en este medio petenero y en aquella época; que su familia haciendo mil sacrificios Io mandaron a la Capital cuando tenía dieciocho años, a que estudiara lo que pudiera.

“Usted me relató como era la forma de llegar de Petén a la Capital, así, como el tiempo que tardaba ese sacrificado recorrido: Salir a caballo o mula de San Francisco a San Benito; se cruzaban las bestias a San Miguel, ), de ahí a lomo de mula hasta Fallabón (hoy Melchor de Mencos), haciendo las jornadas de El Remate, Salpetén, El Ramonal, El Juleque, Macanché, Sal Si Puedes, Yaxhá, Bajo del Venado, La Cumbre y muchas otras, total: más de 8 días con más de 100 kilómetros de distancia; de ahí a Benque Viejo del Carmen, El Cayo y Belice por el río Mopán; luego de Belice a Puerto Barrios, y por último, en tren de este puerto a la capital, ¡Qué odisea, Pablo, qué odisea!

“Ya en Guatemala, con las buenas relaciones que tuvo con estudiantes universitarios cobaneros que vivían en la pensión donde usted llegó a dar, consiguió que el Ministerio de Educación Ie autorizara examinarse en cuarto y quinto grados, los que ganó, según los certificados que me enseñó en su casa; estudió el sexto grado en Ia escuela República de Costa Rica, ya ví también los títulos y diplomas que ganó en la Academia Práctica Comercial que existía: Tenedor de libros, taquimecanógrafo, redacción y dictado, ortografía v caligrafía. Si sus padres y sus dos hermanas Delfina y Mercedes hubieran podido ayudarlo a seguir sus estudios pudo haber llegado más lejos, pero no pudieron hacerlo por la pobreza que azotaba a la Nación. Viéndose obligado a trabajar, por recomendación de la misma academia y amparado por sus diplomas, logró un puesto en el departamento contable de la Municipalidad capitalina donde estuvo un año completo. Luego por medio del Ing. Julio Montano Novelo, secretario de la municipalidad,

consigue un puesto en Sanidad Pública, donde logró escalar muchos importantes puestos que fueron la base del porvenir que disfruto ahora. Pues esa tesonera decisión suya, creo que ha sido única entre miles de jóvenes que, aunque con suficientes recursos, se sienten derrotados o fracasados al menor tropezón, mientras que usted, tropezara o cayera, siempre se Ievantó firme y decidido a alcanzar la meta fijada. Por todo esto y mucho más de que es acreedor, le pido su nombre para que lo lleve el personaje central de mi obra que ya está por salir.”

Aqui terminó su intención indicándome que me cedía la palabra. “Gracias, Virgilio, mil gracias por el concepto que tiene de mí, pues por mucho o poco que yo haya hecho por mis paisanos o por el Petén en general, considero ser muy conocido por mucha gente, y créeme que eso podría ser motivo para restarle méritos e importancia al personaje que desde ya los tiene ganados indiscutiblemente, y cuya obra que protagoniza, me consta, ha sido concebida en el corazón misrno de este legendario Petén”.

Hubo un breve silencio a mis últimas palabras. Luego Virgilio manifestó: “Bien, querido pablo: No llevará su nombre completo, pero su apellido sí, por Io tanto, se llamará Valentín Ochaeta; y le prometo que el primer ejemplar que salga de la imprenta, se lo dedicaré a usted, a su esposa y a su hija Dorita.”

Mi respuesta de agradecimiento fue estrecharlo efusivamente entre mis brazos; y las lágrimas que resbalaban sobre mis mejillas, cayeron en la suave corriente del cristalino arroyo, y se fueron, rodando… rodando… rodando entre el murmullo cada, vez más lejano de esas aguas que él no volvería a ver jamás.

ASI ERA VIRGILIO…FUERTE Y DURO COMO EL  GUAYACAN!

Llegó 1963; GUAYACAN nació a la vida. Y Virgilio cumplió su promesa. EI primer ejemplar me lo dedicó, el cual tengo ante mí en estos momentos, contemplándolo con cariño y nostalgia. Esta obra que encierra toda una vida, sembrada con siemprevivas, cuya dedicatoria escrita de su-puño y letra hace: exactamente 33 años dice así: “Para mi grande y I querido amigo Pablo Ochaeta, para su esposa e hija, con el viejo y siempre juvenil cariño de Virgilio, Rodríguez Macal. Guatemala, marzo de 1963” .

Transcurrió el tiempo, y tan pronto el amigo sentía mejoría, me enviaba recados verbales o me escribía; yo correspondía esa deferencia, enviándole algo que Ie agradara y que le sintiera de un  ligero paliativo a sus dolencias; o una breve pausa para aquel cuerpo que días antes y lleno de vitalidad, no le arredraba el brusco e inesperado encuentro de un caudaloso río; el encuentro repentino con una barba amarilla; el ataque traicionero de un jabalí herido; como tampoco el espeluznante bramido de un jaguar hambriento. Así era Virgilio: del temple del acero…fuerte y duro como el Guayacán.

Su enfermedad avanzaba inexorablemente, minando cada día más aquella fortaleza del ayer. Al principio fui a verlo varias veces, después la comunicación la hacía por medio de sus familiares y amigos. Y les soy franco: Virgilio para mí fue más que un amigo: fue un cariñoso compañero que la selva petenera hermanó… por esa razón, no tuve fuerzas para verlo en tan tristes condiciones, y esperé aquí la noticia de su viaje eterno.

Pero el querido amigo y hermano, el gran caminante de las selvas  peteneras; como el Anda Solo de otras de sus bellas novelas, me puso su última carta (Guatemala ,1964), en que, en uno de sus párrafos dice: “querido Pablo; si para el mes de julio ya estoy mejor,

llegaré otra vez con ustedes, pero si no fuera así; entonces estaré cazando en una estrella…¡”

El dilecto amigo, el hermano de una y mil aventuras, el petenero que sin serlo, conoció, recorrió y amó al Petén, más que muchos de sus verdaderos hijos, se fué…¡ rumbo al infinito; rumbo a esa casi invisible Estrella Polar, buscando acercarse al artífice del inconmensurable universo…

En los últimos momentos de su vida, y teniendo bastante lucidez aún, con voz apagada y por señas, llamó a su padre, quien estaba entre el grupo de familiares que permanecían en su lecho de enfermo. El anciano diplomático se le acercó, e inclinándose sobre su queridísimo hijo, dijo: “Aquí estoy querido, ¿qué quieres?” EI enfermo, con su temblorosa mano, lo atrajo mas sobre él y con palabras entrecortadas, empezó diciéndole: “Mi querido viejo, quiero pedirte un favor, mi último deseo, me lo concederás?”. El enternecido y acongojado padre, haciendo lo imposible por contener un torrente de lágrimas que pugnaban por salírsele, tomó suavemente su cabeza y le dio un amoroso beso en su tibia frente, diciéndole: “Te juro que sí te cumplo lo que pidas” -“Gracias padre mío “contestó el enfermo, agregando: “Lo que te pido, mi último deseo, es que, después de mi muerte vayas al Petén, a San Francisco, a la casa de Pablo, mi gran amigo, de quién tantas veces te hable; y le des a él y a su esposa, un abrazo fuerte, muy fuerte, en mi nombre y que lo reciban como el último que les dí…

Yo ignoraba ésta triste escena entre el afligido padre y el hijo casi moribundo; pero como lo considero de gran valor, por su contenido humano, también sabrán por quién Ia conoc

VISITA INESPERADA.

Era una mañana agradablemente fresca; como consecuencia de haber caído, la tarde anterior, un fuerte y prolongado aguacero. La escasa bruma que amaneció, poco a poco se iba disipado, al calor de los primeros rayos del sol, que oblicuamente caían sobre el pueblo. El azul del cielo era tan azul, que no lo empañaba ni el más pequeño cúmulo de nubes. En esa bella mañana, mi señora y yo, estábamos arreglando unas medicinas que me habían enviado de

la capital, cuando repentinamente apareció un carro que se dirigió directamente a mi casa. Mi señora me grito: “Es el Coronel Casasola con otras personas”; y salimos a recibirlos. Al parar el carro frente a nosotros, y sin bajarse me dijo: “Pablito, mire a quién le traigo”, haciéndose para atrás para que yo pudiera ver a la persona que venía a su lado.

Luego se bajo, lo que al mismo tiempo hicieron los dos militares que venían en la parte de atrás. Los uniformes indicaban que eran oficiales de alto rango; ellos ayudaron a bajar al inesperado visitante, quien también a lo lejos se notaba que no era una persona

cualquiera. Nunca había tenido la oportunidad de conocer al padre de Virgilio Rodríguez Macal, pero las múltiples veces que me habló de él y sus ocupaciones, me hicieron reconocerlo de inmediato y recordar todo lo que de él sabía. Frente a la camioneta nos encontramos: el Coronel Casasola me tenía del brazo; y a él los militares. Sin pronunciar ni una palabra nos quedarnos viendo mutuamente, mas de pronto extiende sus brazos hacia mí, exclamando: “¡Don Pablito!”, “¡Don Virgilio!”, dijo emocionado; y nos enlazamos en un fuerte v apretado abrazo. Los sollozos eran de pura sinceridad, y aunque intentaba hablar; la tensa emoción no lo dejaba. Al sentirse más controlado, nos fue contando, paso por paso, el último pedido del hijo ausente ya, y que había venido a San

Francisco a cumplirle su último deseo, por lo que se sentía sumamente feliz porque creía que su adorado hijo presenciaba ese momento; “Y aquí me tienen don Pablito y doña Yanita, en esta bendita casa, donde él, según me contó, recibió de ustedes todo el cariño y aprecio, como si definitivamente hubiera sido un miembro de ella. Dios, sólo él podrá darles la recompensa que la tienen bien merecida… así mismo les pido, que la estrecha amistad que por tanto tiempo tuvieron con el, que continúe entre nuestras familias, y mi casa también es la casa de ustedes.”

Después de estas inolvidables expresiones, se secó las lágrimas que corrían por sus temblorosas mejías, y el gran diplomático y embajador, guardó silencio.

Con delicado ademán, mi recordado amigo también, corno lo fue el Cnel. Oliverio Casasola, lo tocó en el hombro y se inclinó a él diciéndole : querido Licenciad, ya son las 10 y media y, me permito

recordarle que el avión que lo trajo al Petén tiene que regresar por que según sé, usted tiene que viajar hoy misrno al extranjero por compromisos de Estado”.

Es verdad-“, confirmó el ilustre anciano, y dándonos el último abrazo abordaron el vehículo, no sin antes repetir que se sentía feliz por haberle cumplido a Virgilio su último deseo.

En la lejanía, allá en el insondable firmamento, se escuchó un leve trueno…,era Virgilio… ¡cazando venados de luz en las estrellas!.

Pablo Ochaeta Trujillo

Agosto 28 de 1996

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