LA CAIDA DE TAYAZAL, EL ULTIMO REDUCTO DE MAYAB

Posted on octubre 30, 2011

0


LA CAIDA DE TAYAZAL, EL ULTIMO REDUCTO DE MAYAB

Ramón Antonio Zetina Puga

Cuando la anciana abuela, sobrina del Gran Canek y descendiente directa de los Tut y los Coboj, empezaba a recordar las grandezas de sus antepasados no tenía por cuando acabar, El grupo de itzalanos del poblado de los Coboj, a orillas del gran lago comenzó a rodear a Ia viejecita para escuchar una vez más, quizá la última, la tan conocida y amarga historia, Era ya tarde, pero nadie pensaba en dormir en el poblado. La luna de octubre, más blanca que nunca, iluminaba con su plateada luz hasta los últimos rincones de las champas. La frescura de la noche invitaba a disfrutar de la vida. Al frente del poblado se oía el acompañado chapoteo de las olas que morían en la orilla del lago.

Las estrellas que la luz de la luna no alcanzaba a opacar brillaban como diamantes en el cielo. El firmamento, la pequeña montaña y el

Cerro del Cahui, estaban de fiesta.

La abuela, a pesar del ambiente fresco por el viento de verano, sentía que las fuerzas se le iban acabando, sabía que pronto moriría, como murió su Rey Canek, como murió su padre, el gran sacerdote Quincanek, quién le había legado el recuerdo de sus ritos, sus canciones y su historia. A los jóvenes, sin embargo no les interesaba ya su pasado. Nadie había querido aprender la Danza del venado, el Baile de los Quetzales, nadie ha querido aprender y cuando yo muera se decía se olvidarán, pero mientras viva les contaré lo que mi abuelo y mi padre me contaron.

Frente a nosotros -decía- hace muchos, pero muchos años había

un pueblo muy tranquilo y muy bello que se extendía por las faldas

del cerro el cual formaba una gran península, la cual estaba ocupada por innumerables champas que miraban a la laguna. En el centro del cerro, estaba el adoratorio, donde moraban nuestros dioses y toda nuestra península y la tierra que unía a ésta, estaba fortificada para evitar el ataque de otros pueblos.

La naturaleza nos había brindado un baluarte natural. Nuestro pueblo era llamado ltzá, por nuestro gran Canek, aquí en la península de Tayazal, podíamos defendernos con gran ventaja por el conocimiento de la selva y el dominio que en el agua tenían nuestros bogas y flecheros en sus cayucos.

Aquí se estrellarían los extranjeros llamados españoles, que ya habían conquistado Tenochtitlán. De aquí solo muertos saldrían. Muchos años hacía que los itzalanos, convencidos de la inexpugnable de su fortaleza, de la rapidez de sus movimientos en la selva y de la fuerza que significaban los mil cayucos en la laguna,

habían renunciado a atacarlos las tribus vecinas.

Al toque del gran caracol del Jefe de los guerreros, los hombres se

ponían en pié de guerra. Los cayucos transportaban raudos a las mujeres, los niños y los venerables ancianos a las islas del centro de la Iaguna. Los selectos arqueros ocupaban los peñascos de las faldas del cerro, los fuertes luchadores, armados de lanzas y macanas con puntas de pedernal se escuchaban detrás de la fortificación esperando sólo la señal del Jefe para lanzarse contra sus agresores.

La viejecita se iba superando en su narración. Su voz ronca y autoritaria subía de tono -y decía- El primer español que se atrevió a posar sus pies en la cálida arena del Chaltunhá fue un general llamado Bartolomé de Amézquita, pero tal osadía le costó la vida junto con su comitiva de intrusos que serían más de cien en esta batalla se lucieron los Coboj, los Tut y los Vitzil, pues fueron los primeros que entraron en combate.

A los gritos de los guerreros, los invasores eran tenazmente perseguidos entre los tzibales e iban cayendo muertos o heridos por los indómitos Coboj, que no luchaban más que por seguir con su vida libre. Después de la aguerrida lucha, los prisioneros eran sacrificados en medio dela gran laguna. Los cadáveres ya sin corazón, flotaban sobre las aguas manchadas de sangre e iban a

parar al desagüe natural del lago: Chamamantoc, para perderse en

Cantetul y posteriormente en el río Sagrado del Mono.

Fuera de este incidente, la vida de nuestros abuelos transcurría plácida. La siembre del maíz, las calabazas, los camotes, la cacería

del venado, el cabrito, el coche de monte, la pesca del blanco, la mojarra y el shi-shie. Y cuando la música de las chicharras anunciaban la llegada de las lluvias los Itzáes de Tayazal se ponían en camino rumbo a Tikal para pedir a los dioses protección, buenas cosechas, buena caza y pesca y que la paz y la tranquilidad reinase en las tierras del gran Canek.

La viejecita toció y cerró los ojos. Todo parecía que terminaba el relato, pero todos sabían que faltaba la parte más importante y esperaron en silencio para que prosiguiera, -Un día- siguió diciendo-

llegaron a la orilla de nuestra laguna, precisamente en las playas de Chachaclún, unos hombres altos, rubios, barbados, llamados españoles. Nuestros vigías del Cerro del Cahuilos descubrieron pero como venían en son de paz, los dejaron acampar para conocer mejor sus intenciones. Esta vez los comandaba un señor de porte gentil, don Martín de Ursúa y Arismendi, quién envió embajadas a nuestro cacique el Rey Canek, el cual al consultar con su sumo sacerdote Quincanek, éste le manifestó que el fin de la profecía estaba por cumplirse: ¡

Oh itzalanos! preparaos para defender a vuestros descendientes! ¡Cien años quedan de grandeza! ¡Oh Tayazal, capital del Imperio Itzalano, sabed que tus hijos serán exterminados a sangre y fuego, por grandes legiones de hombres blancos y barbudos que vendrán de oriente, de donde sale el sol, arrazarán tus pueblos, para adueñarse de todas tus riquezas, saquearan tus templos, destruirán tus dioses e implantarán una religión que tu todavía no conoces, traerán como señal una Cruz, para que te postres ante ella y Ia veneres; sabed, pues que sólo te quedan de vida, hasta fines de la novena edad del presente siglo, para que te eclipses para siempre!

Los cien años de grandeza se estaban agotando, asfixiandose como el sol se asfixia por las tarde de verano en el poniente del Chaltunhá El español mandó construir una gran canoa, de esas que nunca habían surcado nuestro lago, ellos le llamaban “galeota”, puso sobre ella cañones que vomitaban fuego y hacian gran estruendo como miles de saraguates asustados o el rugir del jaguar cuando ataca a su víctima. Con esta gran canoa y cañones destrozaban nuestra ciudad fortificada, las descargas de los arcabuces, causó gran terror entre nuestros guerreros, los más ágiles y valientes que ha habido.

Quienes no cayeron abatidos con los ojos abiertos hacia el cielo

clamando justicia, huyeron en precipitada fuga para no ver la destrucción de su pueblo.

Así fueron derrotados nuestros abuelos, los más ágiles y valientes

que ha habido en las tierras del Mayab – decía la viejecita- Nuestro

Petén fue bautizado por el conquistador como Isla de Nuestra Señora de los Remedios y San Pablo del Itzá. Nuestros veintiun adoratorios fueron quemados. Nuestros dioses de Tikal y Oaxactún nos abandonaron.

El profeta Tut nos lo predijó… ¡Oh Tayazal, capital del imperio Itzalano, sabed que tus hijos seran exterminados a sangre y fuego, por grandes legiones de hombres blancos y barbudos vendrán de oriente, de donde nace el sol…!

Ahora nuestros hombres no son así -dijo Ia anciana-porque han perdido su orgullo, su identidad y lo más grande del mundo: su Iibertad.

La viejecita se quedó dormida eternamente sobre el tronco del viejo Chacaj. Ahí la sorprendió la muerte, soñando con las grandezas de su pueblo y relatando lo que escuchó de la boca de sus antepasados.

Lo que tantas veces le contó su padre Quincanek el sumo sacerdote y hoy lo heredaba como un rico tesoro oral en la memoria

de los Tut y los Vitzil, para que éstos lo contaran a los hijos de sus

hijos y no muriera como murió Tayazal, el último reducto del Mayab, sino que prevaleciera como Ios templos de TIKAL…

Posted in: ENSAYOS