REMEMBRANZAS DEL PADRE PINELO

Posted on octubre 30, 2011

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REMEMBRANZAS DEL PADRE PINELO

 

Don José María Pinelo Reinosa era originario de Flores, Petén: este señor después que enviudó, teniendo sus hilos de matrimonio se ordenó de cura enla Capitalguatemalteca.

 

Cuando yo fui creciéndole era el sacerdote de Flores y le decíamos

Tata Padre”, A nosotros nos enseñaron que el saludo que se le diera , en donde quiera que lo viéramos era “con los brazos cruzados y que le besáramos la mano”. En un dedo llevaba un anillo de oro; este anillo decían que era la “esposa”, pero, ¿de quién?. Yo no me convencía de que el anillo era su esposa, porque él tenía hijos; Cómo era éso? Entonces, le pregunté a mi madre, por lo que ella me explicó que él se casó, tuvo su esposa y sus hijos pero él estando estuvo viudo  se fue a estudiar y se ordenó de sacerdote y ese anillo era símbolo de fidelidad a Dios porque él estaba consagrado solamente a Dios en la curia. Así era su voto de castidad, pero que hoy no se iba a casar otra vez. Bueno cuando lo conocía era bien viejito y contaban en flores que hubo también, otro sacerdote aquí que se llamaba el Padre Puga. Este señor no vivió mucho porque se empeño en tomar aguardiente y se murió luego muy jóven. Dicen que era muy enamorado, y éste era muy feo en verdad. De seguro que él no tuvo esposa, dicen que él era muy guapo y aunque talvez era agradable para algunos, otros en cambio, tenían miedo de volverse mulas  por alguna razón, así decían por aca. Yo no le aseguro y estuvo mejor que se lo llevara el señor para que no estuviera de burla de los demás. El señor debe de sabe lo que debe hacer y no es juguete de nadie. Dicen que las muchachas tenían miedo de ir a confesarse con el Padre Puga. Por otro lado, el Padre Pinelo era bien ancianito, y va no se podía contener en su estado físico, por lo que se mantenía muy tembloroso, pero así servía al Señor.

 

MI PRIMERA CONFESION

Cuando nos fuimos a confesar, como éramos muchos, nos arrinconaron (colocaron) frente ala Sacristía, es decir, a la entrada de ella donde había una gran mesona, como mesa de billar con patas muy gruesas. Allí, dicen que guardaban las ropas de los altares y la del sacerdote. Pues bien, allí nos quedamos Tata Padre estaba en el otro cuartito de la derecha y era allí donde íbamos entrando. Tata Padre tenía una sotana negra larga y en la cabeza tenía un sombrero de cuatro picos y en medio de esos cuatro picos tenía una mota (borla) de seda negra’ El era de cara casi redonda, de piel muy suave, como no se asoleaba, claro está, estaba bien cuidado y alimentado con “vino”, no del que se fue (su fe), decimos en El Petén.

 

Al momento de confesarme, a mí se me preguntó: ¿Se sabe persignar? – Contesté que sí. ¿Sabe el Señor Mío Jesucristo? – Contesté que sí. ¿Sabe el “Yo Pecador” – Contesté que sí – ¿Y los Diez Mandamientos? – Contesté que sí, ¿El Ave María? Contesté que sí. Después que relaté todo esto como carretilla que se deslizaba de un cerro muy alto con la pena que no se me fuera a olvidar ni una sóla palabra. Como tenía miedo de que me regañara, hasta a mí se me pegó el temblor de él. Cuando terminé de toda esa retreta de oraciones me quedé en silencio. En eso oí que, afuera se reían de mí los que esperaban confesarse y como yo tenía la cabeza inclinada hacia el suelo, no oí ni ví que Tata Padre estaba bien dormido y que roncaba con la boca abierta; por lo que, yo como “matraca” al repetir las oraciones no me había dado cuenta de mi condición y del sueño profundo de Tata Padre, En eso, esos traviesos empujaron la puerta y en la rendija miraban. Por el rurdo de golpes me dí cuenta que eran ellos, que, como vieron que venía el sacristán Valona (quien los halló espiando), del susto corrieron y se cayeron unos sobre otros. Total que, cuando él entró despertó a Tata Padre que estaba bien dormido.

 

Yo sentí, allí encerrada, un olor a caña de esa que se pone “colorada” cuando ya está pasada de tiempo por fermentada. Al despertar me dijo: ¿TodavÍa estás aquí? ¿No eres malcriada? ¿No eres mentirosa? Y sin esperar respuesta, me dijo: Anda a rezar tres Padres Nuestros y tres Aves Marías ala Virgende los Desamparados. Y me sacó de ia Sacristía. Yo, en ese momento para mí ya estaba bien confesada” y tenía un gran miedo de no hablar con ninguno, porque iba a pecar, En ese tiempo se creía que uno no debía hablar cuando se acababa de confesar, sino hasta después de rezar lo que el cura demandaba. El Sacristán me dijo al salir que mañana en la madrugada era la comunión.

 

¡Anda a pedirle perdón a tu mamá y le besas las manos y los pies!.

Entonces, yo con toda reverencia me retiré de la iglesia y me fui a mi casa: Aquella retreta de traviesos se quedó esperando la confesión, mientras Tata Padre dormía. Yo confieso que a pesar de todo, sentí que estaba perdonada, por lo que, se me quitó la aflicción que tenía de aprender y saber de memoria toda Ia ensarta

de oraciones para ser perdonada de mis pecados. Yo entré a mi casa llegando la noche y encontré a mi madre planchando en la cocina de tía Tola (Bartola). Yo no sabía que hace¡ si le contaba a mi madre lo de Tata Padre, o solamente le pedía perdón a ella, pero allá muy adentro, tenía una conmoción de risa al recordarme  que a Tata Padre lo adormecí con las oraciones que recité, que hasta la boca abrió. No sé si se admiró de todo lo que yo sabía y en eso se quedó con la boca abierta, o aprovechó el momento para dormir en su sillón confortable, Yo creo que era el único sillón que había en Flores y que sólo Tata Padre tenía ese confort tan suave para dormir y descansa. No sé si fue por el conforte del sillón que se durmió, cuando era más chiquita, o por el vinito que él tomaba como aperitivo como cura. Puede ser que él se lo tomaba para controlarse los “cansados” nervios. Así que al momento de pensar qué iba decirle a mi madre, decidí en cumplir el mandato del sacristán Valona o de Tata Padre, y le pedí perdón a mi madre de rodillas, besándole las manos y los pies. Mi madre me abrazó y me levantó del suelo, diciéndome: Te perdono hija, y ya no peleen entre ustedes, porque Dios se pone enojado y nos puede caer un rayo, según esta exhortación de mamá ¿Qué tal serían nuestros pleitos que ella nos tenía que rociar con agua?.

 

No, no podía yo pelear con mis hermanas, porque en verdad nos podía caer “un rayo”. Esos rayos eran los bejucazos que nos estampaban en las “canillas”, cuando nos portábamos mal. Después de esta entrevista con mi madre, me mandó a que me fuera a acostar para no caer en pecado, mientras mi prima Lupita nos hacía las coronas que debíamos llevar en la cabeza mi hermana y yo, Yo solo miraba desde mi hamaca, como yo era la más pleitista no me dejaron hacer mi corona, porque de seguro que yo pelearía un par de flores, porque siempre “El que parte y comparte le toca la mejor parte” – Y esto era siempre en mi contra, porque nunca me conformé con las injusticias, y como si pecaba no me ponían la corona, luché por soportar que a la mía no le pusieran rosas ni jazmines. Siempre me hicieron mala jugada, porque yo fui a

buscar las flores desde temprano, y “con todo y mi leña siempre comí crudo”, A mi corona sólo le pusieron ramitos del “Paraíso del Monte”, muy oloroso, pero no eran jazmines, también le pusieron “Flores de ilusión” y se veía muy bonita, pero esa flor tenía el defecto que al tocarla y se jugaba uno los ojos, éstos ardían mucho.

 

La sustancia era tan penetrante que dolían los ojos grandemente y enfermaba a cualquier persona, fuera grande o pequeña. Al terminar, ellas (mis hermanas), pusieron las coronas en el cerco del patio para que les cayera sereno de la noche, Bien de madrugada nos despertaron; yo casi no dormí de recordarme de Tata Padre con la boca abierta, sin un diente y roncando.

 

¿Cómo serían estas oraciones tan largas que me hizo relajar que, hasta se durmió. Al recordarlo me daba risa?. Pero, como era pecado burlarse, procuraba contenerme muy forzadamente. De repente, al recordarlo, se me salía la risa, como cuando se sale el aire de una llanta, y las que hacían las coronas creían que yo estaba soñando, Yo no decía nada porque era pecado que contara semejante grosería y me preguntaba: ¿Al fin quién me dio la absolución, No podía pensar si fue el sacristán Valona o Tata Padre. Lo que sí sabía y0 era que comulgaba al otro día. Al fin, esa vez no confesé nada, porque no dejo que contestara las preguntas que él me hizo, y eso me tenía en confusión espiritual, solamente oía que en la calle, los demás confesados, buscaban Flores de llusión, junto a los cercos, que de seguro que como yo, ellos también llevarían Flores de Ilusión en sus coronas al día siguiente.

 

LA COMUNION

 

Al otro día muy temprano nos despertaron para que nos bañáramos

y fuéramos a recibir la comunión,. Yo tenía algo de miedo de bañarme en la playa porque todavía estaba a obscuras, pero teníamos que hacerlo. Tía Tola (bartola), considerando la bulla que haría drjo:”No se bañen porque se les lava la confesión”. Yo sentí un alivio muy grande porque todavía tenía la risa en mí al recordar la confesión con el padre Tata Pinelo, y si me obligaban nuevamente a otra confesión, entonces sí, ya no podía repetir nada de las oraciones, por la risa, pues estaba que reventaba, insoportablemente, de las ganas de reírme a carcajadas, Al rato, nos fuimos a la misa con la corona en nuestras manos, mi hermana

y yo. Al Ilegar a la iglesia nos encontramos que allí estaban todos los que somataron la puerta cuando el sacristán Valona llegó, y cuando Tata Padre estaba durmiendo en el confesionario. Como eran niños rnalos me dijeron: ¿Qué bien ronca Tata Padre, vieras que no nos confesó?. Yo miré a tremendos fantasmas con sus coronas de bejucos y algunas flores de llusión, pero, al verlos me desquité de ellos, soltando tremenda risa con una risa incontenible.

 

CON UNO QUE COMA BASTA

 

Entramos a la iglesia y se me pasó la risa. Ellos dijeron, Tata Padre, nos dijo cuando tú saliste confesada: “Vengan todos bien temprano a recibir la comunión”. Pobre viejito ya estaba cansado, y como tú lo dijiste todo ya no nos confesó a nosotros: “Con uno que coma basta”, así dijo Tata Padre y ahora estamos aquí para recibir la  comunión. Nosotros no tenemos culpa, porque así dispuso Tata Padre y ya está. Al entrar nos arrinconamos detrás del púlpito, allí detrás de la gradita y allí estuvimos oyendo la misa, pero estos demonios traviesos hacían burla de los movimientos del Padre, y se reían pícaramente de él. Decían. ¡Espérenme muchá, estén atentos, abran bien los ojos y paren las orejas para ver cuando ña Medarda llegue a la baranda del altar Ante estas palabras, corrimos todos. Y como no había quien nos controlara, los más grandotes que eran meros abusivos y mal hablados decían: “Cuando Tata Padre se eche el primer fajazo (trago de vino), ya es seña que después nos toca a nosotros”. Y así estábamos, unos queriendo tener reverencia y los demás hombres y mujeres, estaban meros burlones. En eso ellos vieron las señales que esperaban. Doña Chalía Vásquez se fue para el altar y la siguió ña Medarda y ña Justa, por lo que, mi hermana y yo nos fuimos corriendo para colocarnos cerca de ellas. Allí estuvimos hincadas con nuestras coronitas puestas, pero como era mucha la apretazón unos con otros, nos botábamos las coronas y eso fue muy divertido, porque a muchos se les confundieron las coronas. Como el padre traía las hostias, nos hincamos ligeramente poniéndonos la corona, porque ¡pa’ éso era, y diay!. Cada uno recibió la comunión de manos de Tata Padre. Cuando el Padre vino con el vino, todos venían tomando en el mismo vaso de cobre, bien grandote.

 

Entonces, al tratar todos de acercarse más, ya que era una oportunidad para probar el vino de Tata Padre, me atropellaron y se me cayó la corona, la cual agarré con las dos manos y también agarré las Flores de ilusión, pero no me dí cuenta a qué horas me toqué los ojos, los cuales, me empezaron a arder fuertemente, por lo que, empecé a llorar sin querer. Na Medarda creyó que yo lloraba porque me dieran vino y me dijo: No llores “mamita”, ¡Tomal, y me dio con el vaso en los dientes que me lo embrocó y me bebí todo lo que contenía el vaso. Mi hermana me decía: Dejáme un poquito que es para todos, y yo no sabía que porque lloré me dio rápido a mí ña Medarda. ¿Y los demás? Se quedaron sin vino, por lo que decían: ¡Eso si que no estuvo bueno de Tata Padre, si a nosotros n0 nos preguntó nada en la confesión, si no, le hubiésemos “mentado hasta la madre “. Cuando salimos de la iglesia yo sentí que caminaba en zancos y la risa me dominaba terriblemente. Nadie me podía callar Cuando se levantó mi madre, le conté lo que me pasó en mi confesión, lo de las “ilusiones” y lo del vino. Cuando se enteró ella se puso a reír tan resueltamente al verme “bien bolita” (embriagada), y me dijo: ¿Qué tal será Tata Padre? Me mandó a comprar pan con don Cenobio Ochaeta y me dio café. Mi hermana sólo se reía dentro de sí misma, pero tenía cólera porque no le di vino. Esta fue mi primera confesión con Tata Padre cuando yo tenía ocho años. “Con uno que coma basta”, así decían los demás.

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