CONCHITO LANDERO: HISTORIA DE UN CHICLERO

Posted on febrero 9, 2012

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CONCHITO LANDERO: HISTORIA DE UN CHICLERO

MANUEL ANTONIO GONGORA ZETINA

El Verano sofocante, La temperatura, según noticias de la radio local, estaba a 40 grados bajo la sombra, Las seis de la mañana y como todos los días, salvo raras excepciones, Concepción Landero Conchito amaneció tirado en el suelo. Lleva, casi ininterrumpidos, siete mil trescientos días de ebriedad, es decir: veinte años de “tunadera”.

Lejos quedaron los días de gloria en que, Conchito, fue considerado
uno de los mejores chicieros de la región. Su regreso, después de la temporada del chicle, junto con un puñado de compañeros, era motivo de fiesta en el pueblo. Pasaban seis o siete meses, bien “jodidos”, en las seivas peteneras, buscando los benditos árboles de chico zapote, los cuales, una vez ubicados procedían a extraerles su resina para convertirla en chicle. Había, en todo esto, un arduo trabajo y el sello de una técnica personal que determinaba la cantidad de resina que cada chiclero lograba juntar en la temporada.

¡Qué tiempos! – balbuceaba, Conchito, con los ojos semi abiertos
y la baba caída -. ¡Cómo rodaa la plata! Por Dios, no me recuerdo
cuántos billetes me fumé y too pa’ gritarle a la gente: esto no es naa pa’ un chiclero ¡Pendejos,..¡Qué botádera de pisto!

Curiosamente, cada vez que Conchito llegaba a la parte final de este balbuceo diario, gritaba: ¡botadera dé pisto!, al instante, se quedaba otras tres o cuatro horas dormido en el suelo.

Cuando el hambre le “apretaba”, se repetía la misma historia: Comer algo de la caridad publica; “tunar”, a veces, alcohol puro rebajado con agua, Dormir en el suelo y seguir “curtiendoi con orín,..el pantalón flojote con cincho de cordón de zapato que algún
gordito le había regalado.

Este Conchito Landero, otrora chiclero de los “buenos”, hoy en situación deplorable, es un hombre flaco, de poca estatura, ojos negros, nariz aguileña, párpados caídos, ceño fruncido, su piel está quemada por el sol y sus manos, de un tamaño descomunal, parecen que están “pegadas” a unos brazos cortos y huesudos. Su mirada, que refleja tristeza, se pierde en el horizonte de las sabanas peteneras.

Conchito es dueño de pocos momentos de sobriedad y lucidez. Uno de estos momentos, talvez, desesperado por la persistencia de las moscas; realizó con la ayuda de los dedos, de ambas manos, una elemental operación matemática y estableció que lleva tres meses de no darse un baño; así que: Mi querido Conchitos se dijo – con el dolor de tu corazón, no hay más remedio que visitar la playa de los leones y echarte él respectivo bañito.

Don Chepe, el zapatero, le regaló ropa y zapatos. Después del baño y bien vestido, Conchito, más lúcido que otras veces, se sentó en un gran tronco de amapola. Mientras se asoleaba observó, detenidamente, a unos niños que jugaban alegres a la orilla de la playa: igualito jugábamos con mis hermanitos. – Recordó melancólico -. . .

Su infancia estuvo llena de sufrimientos y limitaciones económicas.
La muerte, accidental, de sus padres lo sorprendió cuando apenas había cumplido once años. No heredó bienes materiales pero sí la ineludible responsabilidad de convertirse, prematuramente, en pacire y madre de sus cinco hermanitos. Su corta edad nunca fue pretexto para que este valeroso niño, abandonara a sus hermanos, La gente del pueblo comentaba que el amor a ellos, lo empujaba a hacer cosas sorprendentes. Una de esas cosas fue cuando éste, únicamente, con la ayuda de dos hermanitos y de “tembeleque”, un burrito que su difunto abuelo le había regalado, cargó con varios tercios de guano ahumado, palitos rollizos y láminas oxidadas, de una vieja casa abandonada; con estas pocas cosas construyó, en las afueras del pueblo, un refugio para él v su “marimbita familiar”.

Con trastes viejos, que los vecinos más cercanos le habían regalado, aprendió a cocinar en un fogón improvisado. La dieta, siempre, fue la misma: huevo, frijol y tortilla, tortilla, frijol y huevo. La
rutina acompañó a Conchito en su malograda niñez- y juventud: trabajar en “chapeo”, cocinar y desvelarse, dos o tres días durante
la semana, cuidando a algún hermanito enfermo; especialmente a la más pequeñita que estuvo asmática.

Un día antes que Conchito cumpliera dieciocho años de vida, llegó
a visitarlo a su humilde “champita” un viejo contratista de chicle: ¿Qué tal Conchito?
¿Bien don Pedro?
Y usté ¿Cómo está? Bien, bien… y dígame don Pedro ¿pa’ que soy bueno?.

Pues fíjate hijo que pa’ ayudarte, te vengo a ofrecer un chance.

¡Qué bueno! don Pedro, porque mis hermanitos están creciendo y lo poco que gano ya ni pa’ las tortillas me alcanza.

Pero dígame, don Pedro, ¿qué es el chance que me ofrece?

-Pues p’ chiclero hijo.-

¡De chiclero!. Pero, si yo del chicle lo único que sé es masticarlo.

No importa, Conchito, si te llama la atención el chance, la aprendida del oficio es lo de menos.

Yo te pongo gente que fe enseñe. Dentro de quince días salen diez hombres para el campamento de Tres Banderas; si te animas, avísame el jueves y te vas con ellos.

En horas de la tarde, Conchito, reunió a sus hermanitos y les dijo que había decidido ir a “trabajar el chicle”. Mirá, Chepito; tu ya cumpliste catorce años, te vas a quedar a cargo de la familia. Yo me voy unos seis o siete meses, pero, primero Dios cuando regrese vamos a construir una casita más cerca del pueblo.

Con el “enganche”, Conchito dejó una parte de dinero a sus hermanitos y con la otra, partió al campamento.

Cada cabeza es un mundo y junto al conocimiento de la “chicleada”
nuestros querido Conchito, tristemente, también probó y le gustó el agua que transforma a la gente: el aguardiente. Llevaba tres meses en el campamento y se había convertido en uno de los mejores chicleros del grupo.

Vicio y trabajo fue la constante de Conchito, desde el primero hasta el último de los campamentos donde le “tocó la chicleada”.

Tres Banderas, era un típico campamento chiclero: champas de guano, con tapancos de palo rollizo. Al centro, en forma estratégica, le encontraba el lugar más importante en la vida del chiclero: la cocina, punto de reunión ineludible después de las labores diarias. Cerca, de allí, estaban las pailas donde cocinaban la resina para convertirla en chicle, El campamento estaba rodeado de árboles frondosos de caoba y cedro, pero, principalmente de chico zapote. Un arroyo cristalino, con muchos pejes lagartos, le daba un toque especial de belleza y tranquilidad a este lugar.

Tranquilidad, ésta, que se perdía diariamente por los portentosos aullidos de los monos. Todos los días, con tal exactitud, los saraguates anunciaban, a partir de las seis de la tarde, el fin de un día de arduo trabajo.

La vida de Conchito, en el campamento, se resumía en trabajar incansablemente medio día y el resto del tiempo darle a la “tunadera”. Un mes antes de que terminara la temporada de chicle. Conchito, bajo los efectos del alcohol, se alejó del campamento, Sin rumbo fijo, dando tumbos, se perdió en la selva, Caminó durante horas y horas, pero la noche lo sorprendió en su inútil serpenteo. Amaneció boca abajo, en una enorme plancha de piedra, Apenas si podía abrir los ojos, una almohada esponjosa se lo impedía. Era casi el medio día y, a pesar del intenso calor la almohada estaba fría. Lentamente, Conchito trató de erguirse. En la medida que aseguraba las rodillas para hincarse, su visión se iba ampliando, Cuando, finalmente, pudo pararse vio claramente su inusual almohada: ¡Ay… Virgencita de Guadalupe! – exclamó Conchito – ¡una masacuata! ¡Coño mide como seis metrosl – gritó asustado-. El reptil estaba dormido, por lo visto, recién había comido.

Después del tremendo susto y pasada la “temblorera” Conchito se dio cuenta que la plancha de piedra, donde estaba ubicado, era la parte central de un complejo de tres monumentales templos Mayas que aun conservaban su majestuosidad, Cubiertos, en su parte media, de una espesa vegetación, se podían ver unas largas escalinatas y al final de las mismas un ambiente cerrado de tres lados. Una nube de zancudos le impedía ver con claridad, en la crestería del templo más alto, la forma de un gigantesco caracol hecho forrado con estuco. El caracol, estaba blanco e intacto, Más de mil quinientos años y parece que lo hicieron ayer.

– pensó Conchito-.

lmpresionado, no tanto de la exótica almohada sino del caracol gigante, Conchito decidió buscar el camino para regresar al campamento, Cinco horas de caminata, le llevó a Concepción Landero regresar a Tres Banderas. Sus compañeros, al verlo, abortaron la búsqueda que tenían planeada pues temían que algo malo le hubiese pasado.

José, el más viejo de los chicleros, se acercó a Conchito después de escuchar su relato.

Mirá muchacho- le dijo, apartándolo del grupo – no cabe duda que en todo esto que te pasó, hay un mensaje de Dios.

Nuestro Padre Celestial, en su infinita misericordia, se está pidiendo que te apartes del “guaro”. No yes hijo que estás muy joven para estar “tunando” Ie estás enviciando, de nada te sirve tanto trabajo si te estás matando a pausas. Tú eres sostén y ejemplo para tus hermanitos, así que, no la “jodas”, Sorprendido por la sabiduría y firmeza del viejo chiclero, Conchito, reflejando en su mirada mucha tristeza, le respondió: “Sí, don José, usté tiene mucha razón, pero cada vez que me acuerdo de mi infancia me agarra un coraje y sólo el guaro me hace olvidar. Me dan ganas de salir corriendo y olvidarme de todo. Quisiera, en ese momento, mandar a la “chingada” todos esos recuerdos que me atormentan. Mirá hijo, hace un rato te dije que en esto que te pasó hay un mensaje divino, oí bien lo que te voy a decir: ¿Viste un caracol gigante en uno de los templos Mayas? Pues,… – sí – contestó intrigado -.

Fíjate- dijo José- que decían mis abuelos que para los Mayas, el caracol significaba el tiempo. ¿Te has dado cuenta que la forma de un caracol es como una espiral?. Si – contestó nuevamente- Bueno, pues para ellos, el punto de partida era el presente. Era un tiempo muy importante para los Mayas. La punta del caracol representaba el presente y, en la medida que las vueltas se hacían grandes, cubría más este tiempo, así: se regresaba al pasado y se llegaba al
futuro. Era como si, en cada vuelta, pasaran jalando “algo” del pasado que les permitiera comprender y fortalecer su vida presente; incrementando, así, sus posibilidades de éxito al enfrentar el futuro.

¡Ve Conchito!. Yo te podría seguir hablando todo el día y saber cuántos días más de esta forma asombrosa de vivir de los Mayas
pero, esa no es mi intención. Lo que quiero que entendás es que no podés seguir metido en tu pasado, eso te hace mucho daño y te va a destruir. Tu pasado, ya pasó, no Io podés cambiar.

Pero hoy, sí podés cambiar tu vida y seguir ayudando a tus hermanos…

El tronco de la amapola, que estaba muy podrido, se partió en dos y esto provocó que Concepción Landero rodara por el suelo.

Abruptamente, los recuerdos de su niñez y juventud dieron paso, nuevamente, a su triste realidad, Como pudo se paró, respiró profundamente, y mientras regresaba al pueblo pensó en voz alta:
¡Dios mío!; Para cambiar mi vida, necesito reconstruir la “casa” olvidada. ¡Ayúdame!…

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