PETEN DE MIS RECUERDOS

Posted on febrero 9, 2012

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PETEN DE MIS RECUERDOS

DR. CARLOS DIAZ MARQUEZ

Recuerdo perfectamente ese domingo 9 de enero (uno de mis mejores días para disfrutar de la Feria Departamental de Petén’, como si hubiese sucedido el día de hoy, no obstante haber transcurrido 37 años. El Dr. Salvador Baldizón Táger, ampliamente conocido por este servidor de ustedes desde la época en que fuéramos estudiantes de la Facultad de Medicina, era el Director del
Centro de Salud de Flores y yo el Director del Hospital Nacional de San Benito.

En lo mero fino de la feria. en honor del Cristo Negro de Esquipulas, recibo en el hospital un llamado urgente del Dr. Baldizón por medio de aquellos anticuados teléfonos de manecilla. Este amigo mío en su mensaje me decía: “Mirá vos Carlos, fíjate que vino el doctor Pérez Avendaño a quien invité muy especialmente a que viniera a pasar con nosotros unos días de la feria aprovechando el fin de semana. Él regresa mañana lunes en el primer vuelo de Aviateca y hoy quiere ir a pescar a la laguna; te invito muy cordialmente para que nos acompañes, solamente va él, un hijo pequeño suyo, tu atento servidor y contigo seríamos cuatro. No tengas pena por anzuelos y carnada que nosotros vamos muy bien equipados. El objetivo era eI pez “blanco” ya que es el más apreciado de Petén por su tamaño limpieza y exquisito sabor, aunque también se pueden pescar mojarras y bules.

Yo sabia que el invitado. el Dr. Pérez Avendaño, había sido integrante de la terna examinadora en el Examen Privado del doctor Salvador Baldizón en lo concerniente a medicina y, naturalmente. desde ese momento ambas personalidades unieron lazos de estrecha amistad.

Desde que llegué a Petén yo guardaba un poco de recelo. por los consejos de ciertos amigos, referente a cuando uno va a tomar posesión de un cargo mayormente si este queda en un lugar retirado. Me decían: Ten cuidado con los colegas porque van a tratar por todos los medios de hacerte pasar por momentos denigrantes. Es indudable que te harán constantes invitaciones y en ellas no faltará el guaro; te servirán copa tras copa o algún somníferos peor si te gustan los mameyazos – hasta perder el conocimiento y ya bien cuete te sacarán a la calle y después, señalándote con el dedo dirán: ¡Miren señores… este es el Director del Hospital véanlo, pero véanlo bien qué borrachera la que se carga…l Ahora piensen que si de este hombre depende la salud del pueblo, ¿Qué será de nosotros entonces? Etc.. etc., etc. Todas estas cosas se cruzaban por mi mente, sin embargo conocía desde hace mucho tiempo al doctor Salvador Baldizón y por lo tanto no creía en una patraña de tal magnitud, por lo que acepté la invitación que se me hizo. –

Recuerdo muy bien que ese día estaba bastante nublado, me vestí con ropa apropiada para estos menesteres y partí para la isla de Flores en el cayuco del hospital. En ese lugar nos esperaba una lancha de motor fuera de borda, propiedad del Dr. Baldizón y con capacidad para cinco pasajeros. Nosotros éramos cuatro en total, colocándonos dos adelante y dos atrás.

Antes de partir eran aproximadamente las nueve de la mañana, Salvador, experto conocedor en esta clase de trajines por ser muy aficionado a ellos, revisaba minuciosamente la cantidad de carnada
o sardina a utilizar; si el tanque del motor estaba lleno de gasolina y si el ancla y los mecates estaban perfectamente ajustados. El ancla consiste en una piedra de regular tamaño y peso que se amarra por el extremo de un fuerte lazo o mecate y cuando se llega al lugar determinado para pescar, el otro extremó del mecate se amarra en la proa de la lancha y la piedra se deja ir hasta el fondo del agua lo que impide que el viento la mueva de un lugar a otro. Se llevaba también una hielera con suficientes aguas (gaseosas) y hielo que nos serviría para meter los peces agarrados con el objeto de evitar su descomposición. Por otro lado. No nos faltaban los benditos cigarrillos, aunque éramos muy pocos para fumar el deseo despertaba grandemente cuando sentíamos el estirón fuerte del hilo que traía en el anzuelo un hermoso “blanco” pues la emoción era tan enorme que un paquetillo de cigarros se esfumaba en un abrir y cerrar de ojos.

Mientras el anfitrión hacía esta revisión nosotros aprovechamos este lapso para ir a ver las tradicionales “vueltas” de la feria, que consisten en un recorrido festivo que se da alrededor de la isla. Acudían muchas personas nativas del lugar y visitantes que solían disfrutar de estos alegres días. Las “vueltas” se realizaban mediante una marimba sencilla que la cargaban tres personas por sus extremos y tres músicos ejecutan bonita música folklórica: en nutrida concurrencia van caminando y tocando diferentes ritmos musicales como la El Agua Tibia, El Tel, La Cerveza, El Caballito, La Mariposa y un sin número de piezas muy antiguas de autores peteneros que le dan un verdadero colorido y sabor digno de un pueblo bañado de santísimas costumbres y tradiciones que impresionan muchísimo al visitante. Delante de la marimba van “La Chatona” (una sexy, alta y esbelta mujer coqueta que imita la moda actual de la juventud femenina) y “El Caballito” bailando magistralmente movidos por expertos personajes del lugar y atrás de ella un numeroso grupo de personas de diferentes edades que van quemando enormes cananas de cohetillos, bombas y otros artefactos pirotécnicos que le da una singular alegría al recorrido. La “vuelta” termina en la casa del “Dueño del Día” en donde se reparten riquísimos ”boyos” que es una especie de tamal pequeño con carne de cerdo en trozos o picada y muchos ingredientes más, acompañados de totoposte (tortillas muy delgadas y tostadas) y bebidas espirituosas. Por último, la rica conserva que generalmente es un manjar hecho de cericote, una fruta regional, o bien nance curtido. Por eso siempre hemos dicho que la persona que ha tenido el privilegio de vivir en Petén. sabe de estas maravillas vernáculas y no sé por qué cuando uno se aleja de este paradisíaco lugar. Cómo se añora todo aquello que se ha vivido.

Nos dimos cuenta con qué alegría se baila en la casa anfitriona, muchas veces se baila hombres con hombres y mujeres con mujeres. Hasta los desvelados y engomados de la noche anterior llegaban a merendar y allí varios de ellos se la volvían a enclavijar, pero todo en orden, con mucha armonía y mucha hermandad. Jamás tuvimos en el hospital un herido con arma blanca o de fuego por riñas, pues a decir verdad solamente llegaban personas con golpes leves o raspones sin importancia ocasionados por alguna caída al haberse pasado de los “riflazos” la noche anterior.

Estábamos en la célebre casa de los famosos Berges a quienes les
correspondía el día 9 (no se me olvida) del novenario. Cuando ellos supieron que nosotros éramos médicos, nos atendieron a las mil maravillas. Disfrutamos mucho de sus sinceras atenciones, pues en estos momentos felices estabamos cuando de pronto llega un emisario a decirnos que el Dr. Baldizón y compañía limitada ya tenían todo listo para salir en ese instante; naturalmente este este recado no fue mucho de nuestro agrado porque hubiéramos querido estar otro rato más en esta casa donde el calor humano confortaba agradablemente. Pero ni modo, estábamos a merced de aquel gran amigo y qué le íbamos a hacer’; les dimos las gracias a estos amables señores por sus muchas bondades y marchamos enseguida para reunirnos con los compañeros de pesca.

Antes de zarpar a nuestro objetivo. Salvador nos llevó a dar una vuelta en lancha al rededor de la isla y en todo el trayecto nos iba explicando: En este islote, hace muchísimos anos se construyó el primer hospital; esa aldea que ustedes ven allí, es San Miguel; aquel islote es Santa Bárbara. Cuando él pronunciara este último nombre inmediatamente vino a mi mente el nombre de mi pueblo, Santa Bárbara, Suchitepequez y desde luego no dejaron de rodar sobre mis mejillas algunas lágrimas al saber que nos encontrábamos muy lejos de nuestra tierra natal y de mi familia; pero haciendo acopio de fortaleza me dije asimismo: Bueno, así es la vida de todo hombre que lucha por el bienestar personal y el de su familia. Sin embargo el lugar me gustaba bastante especialmente porque sus habitantes son muy amables” sinceros y serviciales, cualidades éstas que son de un valor muy grande grande comparadas con las incomodidades que en aquel tiempo se sufrían, como por ejemplo: agua potable interdomiciliaria, drenajes y en fin falta de mucha infraestructura. Además, el medio ambiente estaba saturado de zancudos y mosquitos que fácilmente podrían ocasionar alguna enfermedad, aunque para nosotros no era un problema de importancia puesto que veníamos de un pueblo no solamente tropical, sino formados con mucha humilda, sencillez y ante todo expuesto a lo que se nos viniera encima. Otra cosa muy interesante que pudimos observar fue que no había diferencia de raza, estrato social o económico y religión; todos convivían armoniosamente en un mismo lugar; el patrón compartía amigablemente con sus trabajadores y servidumbre, sin complejos de divergencias o falta de respeto…. siempre gozando de la excelente relación en este ambiente de mutua comprensión. Recuerdo muy bien que yo solamente iba a Petén por dos meses de prueba pero fue tan grande aquello que mi estancia en ese maravilloso lugar, que tantos lindos recuerdos tengo de él y en donde logramos conquistar muy buenas y excelentes amistades, duró un poco más de doce años.

Después del pequeño recorrido de reconocimiento a Salvador se le antojó darle el timón de la lancha al hijo – doce o trece años- del doctor Pérez Avendaño con el fin de complacer aún más al padre y éste, regocijado porque el descendiente timoneaba la nave, empezó a tomarle una serie de fotografías en distintos ángulos. Nuestro amigo Salvador nos hablaba a gritos porque el ruido del motor no permitía que nuestra conversación se desenvolviera con la claridad necesaria. Él nos decía que en la orilla de la laguna entre las ninfas y verdes zacatales era donde se escondían las serpientes. Dios mío¡, me dije para mis adentros. Yo no era un excelente nadador, por lo que por momentos me ponía a imaginar tonterías como por ejemplo: “Ahora sólo falta que este vehículo se descomponga y qué voy a hacer en media laguna…” Con la vista fija en el horizonte se cruzaba por mi mente este pensamiento cuando por la orilla venía una canoa caminando muy despacio y de regular tamaño que apenas se les veía una pulgada de borda. Intempestivamente Salvador irrumpe el silencio y grita estruendosamente: ¡Cuidado vos… girá a la izquierda y bajá la velocidad… pero rápido! Sentí que
los cielos se nos venían encima del tremendo susto porque no sabía qué pasaba. Pensé rápidamente en una terrible serpiente o en algún peligroso animal con quien fuéramos a chocar pues yo sabía, por información de muchas personas, que El Petén es un lugar donde abundan muchísimos animales salvajes y venenosas serpientes. Curiosos de 1o que había acontecido, en el momento nos dimos cuenta que había sido para evitarle al hombre que conducía la canoa, que se hundiera en vista que venía muy cargada de arena y Dios guarde que otra lancha de mayor dimensión le eche el oleaje encima porque la hace naufragar rápidamente con imprevisibles consecuencias para su capitán. Por esa razón la canoa navegaba pegada a la orilla como medio de precaución por cualquier percance. La arena un material básico de construcción-, la iban a traer a una punta peninsular conocida con el nombre de Vitzil ya que allí existía un banco de este material que hasta ese momento. Era el único lugar donde se extraía y que abastecía las obras que se hacían en Ciudad Flores, San Benito y Santa Elena. Recuerdo que mucha gente hasta exponía su vida en este menester con tal de ganar unos centavos para el sostenimiento diario de su familia y el trabajador, por decirlo así, obtenía un bonito salario ya que la venta de arena la hacían por metro cúbico. Pero volviendo a lo anterior, yo no sé si por aquel giro brusco que hiciera el patojo el motor de la lancha comenzó a fallar como se habla en términos de motores, pero la cosa fue que la lancha daba muchos traspiés, hasta que por fin el motor se paró completamente. Como Salvador iba atrás del joven piloto, le dijo que pusiera el motor en neutro y que él trataría de arrancarlo nuevamente. Comprobó que el tanque estaba repleto de este combustible y comenzó a halar y a halar la cuerda por cierto tiempo sin resultado positivo alguno. Posteriormente, tanto el médico invitado como este servidor de ustedes hacíamos lo mismo con la esperanza de que alguno de nosotros tuviera suerte, pero nada favorable. Después de un breve momento de análisis y conjeturas, Salvador nos dijo: pienso que es un ahogo el que tiene el motor y diciendo esto se quitó la ropa y se tiró al agua para revisar de cerca la hélice. Al salir, después de haberse sumergido un buen rato, dijo: ¡Ya nos llevó la madre! Quizá por respeto al maestro no quiso decir otra expresión más adecuada a la situación del momento… ;el pin de la hélice se cayó al agua y es una importantísima pieza. Por lo tanto el motor ya no funcionará…! Todos nosotros nos quedamos atónitos al escuchar del amigo este serio problema que nos amolaba enormemente. Salvado¡ volvió a decir: es urgente que uno de ustedes se meta al agua para ir halando la lancha por babor y el otro que la vaya empujando a estribor y los que se queden arriba que remen hasta llegar a la orilla y allí veremos qué podemos hacer. Y así se hizo.

Yo le dije al maestro con cierto valor y pena una piadosa mentira: Figúrese doctor que yo no sé nadar e inmediatamente me respondió: No te preocupes muchacho, yo lo haré por ti. Se desvistió y ni lerdo ni perezoso se aventó al agua y a nosotros, con su hijo, nos tocó remar, una tarea bastante favorable para ambos. Ciertamente no éramos muy duchos en la materia pero con la ayuda de los que estaban en el agua nuestro avance era aceptable.
Aproximadamente eran las once de la mañana; la laguna se veía encrespada por un fuerte oleaje y quizá por estas circunstancias llegamos muy tarde a la orilla después de dos horas de tortuoso trayecto.

Yo llevaba mi pensamiento y los ojos puestos en Cristo, sin pronunciar palabra alguna, solamente el tenue movimiento de las ninfas sobre el agua y el verde zacatal que abunda en sus riberas, rompían el silencio con el golpe de los suaves oleajes que llegaban a la orilla. Inmediatamente recordé lo que nos había dicho Salvador de que en estos lugares se guarnecían las serpientes. Yo esperaba
ver alguna zigzagueando sobre el agua con el consiguiente peligro para mis dos colegas que luchaban dentro del agua, pero gracias a Dios ninguna se nos apareció porque hubiese sido el complemento de nuestra desventura.

Los compañeros, casi hundidos hasta las orillas sobre un blando lodo, se les dificultaba muchísimo empujar la lancha hacia delante. Bueno señores, ¿,qué vamos a hacer ahora? les dije- porque ya hemos pasado por un momento muy difícil y no vemos nada claro. ;A pescar vinimos. querido amigo -nos dijo Salvador un poco fatigado- ¿y por qué no hemos de hacerlo? En realidad era la hora propicia en que el pez “pica” porque sale a buscar comida; éste se asoma sigilosamente por la orilla recorriendo las partes donde considera encontrar alimentación. Con gran emoción empezamos, pues, la ansiada actividad: soltamos el ancla y preparamos los anzuelos con singular esmero para lanzarlos al agua; recuerdo muy bien que el retoño del Dr. Pérez Avendano se veía sumamente emocionado quizá porque nunca había tenido la oportunidad de realizar una pesca como la presente, además su corta edad no le permitía percatarse de la magnitud del problema que habíamos pasado. Cuando los anzuelos eran aventados por diferentes direcciones solamente se veían que formaban una comba en el aire y con los rayos del sol mostraban su color blanquecino radiante; unos a punto de conseguir su objetivo y otros arrastrando un formidable “blanco” de aquellos que tienen las agallas amarillas y la barriga plateada.

Sinceramente tuvimos una fantástica pesca. Una pesca inolvidable por cierto. Después de haber logrado una bonita cantidad de “blancos”, conrinuamos con esta emocionante actividad con el ob.jeto de dar tiempo, por si alguna alma de Dios pasara por esos rumbos con su lancha y nos brindara un auxilio, ya que regresar a pie por la montaña era muy difícil y peligroso pues teníamos que caminar muchas horas para llegar a una aldea llamada Paxcamán, sencillamente por no haber una brecha más directa, por eras razón Salvador nos manifestaba que la única salida que teníamos que hacer era por agua. Nosotros estábamos anclados entre la punta de Vitzil y Nimá, pero yo miraba la cosa peluda. Naturalmente mientras pescábamos no teníamos ningún problema solamente el que no pasara nadie para echamos una manita. La pesca fue tan maravillosa que los peces pequeños como las mojarras. Las devolvíamos al agua quedándonos solamente con los grandes. La hielera ya se nos había llenado de peces y lo peor del caso era que ya no teníamos hielo, pues las aguas gaseosas que habíamos llevado se terminaron por la mucha sed que nos produjo el ejercicio y el fuerte sol.

Al filo de las cuatro de la tarde, aproximadamente, el sol declinaba por el occidente, y en esto el patojo le dice en voz alta a su progenitor: ¡Papá ya tengo hambre! ¿Y ahora que hacemos?,nos preguntamos todos- ¡Otro problema que se nos viene encima! Sin duda este muchachito no había analizado en su justa dimensión el problema en que estábamos metidos o si estaba consciente, quizá por los nervios el hambre lo atormentaba más, pues fuera de las aguas que nos habíamos tomado, en el estómago no teníamos más
que el desayuno y que por cierto lo habíamos ingerido muy temprano. Naturalmente a esa hora era lógico que todos tuviéramos hambre, pues el sol ya se acercaba moribundo sobre las montañas que se ven entre San Andrés y San José.

Eran, aproximadamente, las cinco y pico de la tarde.

Recuerdo perfectamente que en el mes de enero anochece más temprano, indudablemente por lo cambios que presenta el Solsticio de invierno y de ahí que las noches sean más largas que los días. Bueno amigos, nos dice Salvador, tenemos que ir en busca de auxilio porque no solamente ya es muy tarde, sino porque este muchachito se muere de hambre. De aquí nos varnos a la punta de Pichaín donde se encuentra uno de los pocos ríos que están cerca de la laguna llamado lxbobó y ahí, precisamente, vive un hombre conocido de apellido Ramos de origen hondureño, pues no solamente fue un experto chiclero, sino un diestro pescador y conocedor de esos lares como la palma de su mano. Este inmigrante catracho se enganchó como trabajador de una chiclería y poco a poco fue echando raíces hasta quedarse definitivamente en este lugar. Al iniciar el trayecto, Salvador nos dijo: ¡Por favor no me vayan a estar preguntando a qué hora llegamos porque nos vamos a ir despacio, además está bastante retirado! A todo esto me dice el nuestro visitante: “Ahora. Compañero no es cuestión de no saber nadar usted se me apea en tierra firme -y no era tan firme como él imaginaba, sino fangosa que dificultaba muchísimo movilizarse- pues ya es tiempo de su turno mi amigo. Que se inviertan las acciones porque ahora a usted le toca halar la lancha y yo a remar”. La respuesta la dio Salvador en medio de una sonrisa burlona como quien dice: ¡Ya te llevó la madre! Naturalmente él por ser nativo del lugar, no veía la cosa tan trágica como nosotros. Está bien, le contesté haciéndome las de muy macho, pero solo Dios sabía el miedo que sentía por dentro. Revestido de mucho valor me quité la ropa y me aventé al agua, ¿Y qué otra cosa me quedaba? Tenía miedo de hundirme en ese fangal, pero más miedo de sólo pensar que podría pisar una escalofriante serpiente o un cangrejo que me mordiera imaginando una señora barba amarilla o bien que de la orilla de las ninfas saliera un hambriento lagarto… ¡Cuántas cosas terribles pasaban por mi mente en ese momento! Y para colmo de males la lluvia comienza a caer. Generalmente durante la feria de Flores siempre llueve.

Nosotros no sentíamos mucho estas precipitaciones porque íbamos metidos en el agua, salvo algunas fuertes gotas que nos caían en la cara. Ahora bien, arriba iban el hijo y el padre, nuestro maestro de aquel tiempo; después ellos tuvieron que achicar Ia lancha porque se había llenado de agua como consecuencia de los fuertes torrenciales que azotaban en ese momento, pues sobre el agua nadaban algunas prendas de vestir y hasta una valiosa cámara fotográfica de nuestros visitantes que la habían usado para tomar unas fotos cuando todo marchaba a las mil maravillas, es decir, cuando se navegaba tranquila y felizmente sobre ese pedazo de cielo azul caído entre la verde vegetación del legendario Petén.

Ya para entonces, al Dr. Pérez Avendaño le rebasó su estado emocional y como un desahogo le dijo a su retoño: ¿por qué no tuviste el cuidado de guardar la cámara en un lugar seguro, acaso me cuesta este aparato un centavo? El patojo, un tanto desconcertado por esta recriminación, le respondió: Pero papá… ¡Nada de papáaa…! O te callas o te atienes a las consecuencias… se veía que el Doctor estaba muy enojado con su hijo por este descuido. Mientras tanto nosotros no chistábamos palabra alguna porque el diálogo, bastante candente por cierto, no era incumbencia nuestra. Así fue pasando el tiempo y ya dentro de la selva se empezaba a escuchar la bulla que producen algunos animales nocturnos, pues la noche ya había tendido su manto negro sobre el espacio infinito. Salimos de este sector con un fuerte dolor muscular’ quizá por el mucho esfuerzo que hacíamos de sacar las piernas casi hundidas dentro del pantano; el siguiente paso era volver a halar la lancha con un lazo que se le anudaba en la proa, no obstante dolerme mucho las manos de tanto halarla y más aún con el peso de los que iban arriba. El lazo era para mantener la nave inmóvil a la orilla de la laguna, por otra parte la cara me ardía como chile al recibir los fuertes rayos solares por espacio de ocho horas ininterrumpidas.

Después de un largo recomido, Salvador nos dijo: Compañeros, ya vamos llegando, tengan paciencia. A estas alturas ya estaba bien obscuro y la lluvia, afortunadamente, había dejado de caer. Infinidad de estrellas titilaban en este inmenso firmamento y la luna lentamente asomaba su esplendor plateado de su cuarto creciente. En este radiante momento estábamos cuando sorpresivamente del fondo de la laguna y por el lado donde yo iba, escuchamos un fuerte ruido que nos puso los pelos de punta, todos volvimos a ver qué era lo que pasaba… ¡Un tremendo animal salía pausadamente de la orilla de la laguna que por poco nos paraliza el corazón, grande, impresionante y de una fortaleza increíble! ¿Qué es eso, Salvador? -[e pregunté sumamente tembloroso del miedo. “No te asustes compañero” – Me respondió sonriente porque él sabía que clase de animal era. es una danta o tapir que va saliendo del agua para dirigidse montaña adentro. En verdad este animal es un paquidermo que no le causa daño a nadie, es inofensivo, pero sus pisadas eran tan fuertes que a su paso tronaban muchas ramas secas corno si un tractor hubiese pasado sobre ellas, y, sinceramente confieso que sentí un temblor de cuerpo tan fuerte que no sé si fue de miedo, por la aproximación de una gripe con tantas mojadas que llevamos o por una amigdalitis incipiente, el caso era que no solamente el frío se apoderaba de mi cuerpo, sino n fuerte dolor de garganta y de cabeza que un buen “mecatazo” me hubiera caído de perlas.

Cansado de estar metido en el agua soportando amarguras y terribles sustos ya sin ninguna consideración y quizá faltando al respeto le dije al colega visitante: Mi querido doctor, disculpe, pero ya es hora que usted se vaya bajando y metiéndose al agua recuerde que ya llevo más de tres horas de estar sumergido en la laguna y sinceramente le digo que ya me siento muy mal. Nuestro distinguido maestro tomando en cuenta lo que yo decía y con justa razón, no tuvo más remedio que volver a sumergirse. Caminando ya un buen trecho, con mucho esfuerzo veíamos la casa del hombre hondureño y como no teníamos una lámpara para alumbrarnos comenzamos a gritar a pulmón lleno. Después de muchos gritos, por fin salió Ramón, que así se llamaba este buen hombre, acompañándose de un perro que ladraba incesantemente y con una linterna en mano, fácilmente reconoció al Dr. Baldizón; orillamos la lancha con la ayuda de su linterna y después de amarrarla a un pequeño árbol, bajamos muy contentos.

¡Ramón! -le dijo Salvador muy amigablemente- ¡Hola doctor, buenas noches…! le respondió éste, ¿Anda de cacería o de pesca, doctor? Y Salvador le contesta: ¡No hombre! Nos sucedió un terrible percance… y le cuenta toda la historia de pies a cabeza. ¡Qué mala
suerte doctor! -le respondió Ramón bastante preocupado por lo que había escuchado- ¿No quieren pasar adelante, señores ? ¡ Claro que queremos ! le respondimos todos al unísono. ¿No tenés algo qué darnos de comer, Ramón? ¡Ay doctor! Usted sabe cómo es 1a vida del campesino… pero por buena suerte, hoy domingo fui a pasear a la feria de Flores y traje conmigo algunas cositas: pero frijolitos, huevos y tortillas sí tengo para ustedes, esta comidita nunca me falta en la casa porque es lo único que podemos tener. Descansen un momento mientras voy a hacer el fuego y con mucho gusto les prepararé algo de comer aunque sea solamente esto. ¡Echale bastantes huevos al sarténl -le dijo Salvador- porque tenemos un hambre de perro. Y mientras el anfitrión preparaba la merienda nosotros nos calentábamos cerca del fuego, ya que fuera de la hambruna que nos cargábamos por tener casi doce horas sin comer, el frío nos sacudía terriblemente.

El sabroso calorcillo que despedía el fuego en todas direcciones hacía el ambiente bastante confortable y nosotros, naturalmente, disfrutando ese maravilloso momento. Seguidamente le preguntamos que si tenía cafecito, que lo calentara y que le pagaríamos, no solamente la comida, sino hasta su trabajo. ¡Ramón, lastima que no tenés un buen trago por allí porque hoy más que nunca lo necesitamos! Eso sí no, doctor, yo me llevo a mi compadre Pedro a San Benito y allí nos estamos unos dos o tres días dándole macizo a la parranda. Aquí en la montaña hay que portarse listo y abusado por tanto animal que deambula por los alrededores yo por eso jamás me desprendo del machete y del perro. Imagínese señores que no hace mucho me quisieron robar el rifle calibre 22 en una salida que hice. Ustedes saben que por todos lados nos acosan los ladrones, no puede uno alejarse un momento de la casa para que le caigan como buitres hambrientos sobre animal muerto, llevándose lo poquito que uno consigue con tanto trabajo.

Pero entre conversación y conversación, nosotros nos volábamos los frijoles, los huevos y las tortillas con tanta hambre que parecíamos sardinas sobre una pequeña presa. La comida riquísima y el ambiente a todo estilo. Ahora señores – dijo Ramón muy atento y satisfecho de habernos servido en la forma en que 1o
hizo -es preferible que se queden aquí en la casa, están más seguros y pueden esperar que amanezca para regresar a Flores ya más tranquilos. ¡No vos! –Le dijo Salvador ya más contento por la gran merienda que nos habíamos dado, yo pienso que van a venir a buscarnos, pues mi hermano Manuel sabe, más o menos, por dónde estamos. Creo que mejor nos subimos a la lancha y nos adentramos un poco a la laguna para que nos vea. ¿Por qué no nos vendes tu linterna, Ramón? -le sugiere Salvador-Hoy más que nunca la necesitamos para hacerle señas a Manuel y claro que para él es más fácil encontrarnos. ¡Ay doctorcito -le dice Ramón apretando entre sus manos este importante aparatito-, la linterna y el perro en la montaña son elementos más valiosos que la mujer! Eso sí no puedo doctor: ni venderla ni prestarla, discúlpeme pero usted sabe qué valor tiene para mí esta cosa. Bueno viejo, comprendo perfectamente tus argumentos, no los discuto y diciendo esto saca su cartera donde sólo había billetes mojados y le dice: Toma estos centavos….. ¡Un momento…l -les interrumpí en el acto haciéndole a un lado la cartera con mi mano al amigo… Aquí vamos a colaborar los tres porque a mi juicio es lo correcto. A Ramoncito le gustó muchísimo mi propuesta porque en esta forma él obtendría una mejor utilidad. En total le dimos diez quetzales cada uno, cantidad que en aquel tiempo era muchísimo dinero, pues un huevo costaba cinco centavos y el fríjol estaba a diez centavos la libra. Afortunadamente nuestro anfitrión campesino quedó muy contento con 1a recompensa y nosotros inmensamente agradecidos.

Subimos a la lancha. Ramón nos desamarró el lazo y nos lanzó hacia laguna no sin antes haber cortado una vara larga y gruesa para que nos ayudáramos a empujar Ia pequeña nave y además nos serviría para enlazarnos con la otra lancha que muy pronto vendría a buscarnos para remolcarla. ¡Qué Dios los bendigal Nos dijo el buen hombre al momento de salir de ese lugar, ¡Gracias por todo, querido amigo! Ya sabes que cuando tengas algún quebranto de salud allá en el hospital estaremos para servirte. Este humilde muchacho ya tenía información de quienes éramos nosotros porque en una breve charla que sostuvimos con él Ie dijimos que era el Director del Hospital de San Benito. Y asómbrese usted, apreciado lector. que este servicio suyo con tanta sinceridad se lo pagué con creces porque durante los doce años que estuvimos en el hospital, este amigo llegó un sin fin de veces razón por la cual hicimos una gran amistad.

Ya para entonces, aquel humilde y sincero labriego se sentía con cierto derecho de ingresar al hospital sin muchos obstáculos, no solamente por haber contraído conmigo una bonita amistad, sino también porque era muy conocido del portero de este centro asistencial y cada vez que hacía acto de presencia inmediatamente me informaban y desde luego, teníamos que tratarlo con cierta consideración y especial aprecio. Cuando me avisaban que Ramón ya había llegado rápidamente iba a atenderlo sencillamente porque no se me olvidaba aquella digna y noble acción suya efectuada en la mejor ocasión y naturalmente ese imborrable gesto suyo nos permitió, por mucho tiempo, cultivar una gran amistad amén de ser excelente compañero de pesca en muchas oportunidades. Cuando me ponía a platicar con él ya más detenidamente siempre le aconsejaba que desarmara su rancho y se fuera a vivir en la aldea Remate para tener una mejor vida y parece que mis palabras lo convencieron, pues al poco tiempo. nuestro recordado amigo, ya era vecino del referido lugar y con tan buena fortuna porque la infalible flecha de cupido se clavó profundamente en el corazón de una hermosa mujer de1 lugar de donde vinieron una catazumba de hijos. Y decimos lo anterior porque en el hospital yo atendí a su señora en seis partos; lástima que ya no tuvimos la oportunidad de saber cuántos más se trajo a este ingrato mundo porque su costilla aún daba indicios de muchos más.

Después de salir del río nos aventamos a la laguna en un lugar estratégico y allí tiramos el ancla para asegurar 1a lancha y esperar la otra que vendría a remolcamos. En ese momento Salvador con mucha seriedad. nos dijo: Yo no quería decirles nada pero es bueno que lo sepan: ¡Ramón es tuberculoso…. y recuerden que comimos y bebimos en sus platos y pocillos… ¡Ya me llevó la madre! -.me dije para mis adentros-. Mientras tanto el estómago se me descompuso y una palidez muy notoria se me asoma en el rostro. Cuando Salvador vio que mi organismo decaía rápidamente por este tremendo susto me dijo: ¡Son mentiras, vos y diciendo esto se echa una enorme carcajada, lo dije solamente para ver qué cara ponían. pero no hay nada de esto¡ La temperatura se manifestaba un poco fría. Aquel calor que no había proporcionado el fuego en el rancho de Ramón, desapareció de pronto. La noche perfilándose tranquila y la laguna convertida en un espejo inmóvil. Así se queda después de una fuerte lluvia como la que soportamos en esta gira. En ese preciso momentos la Luna aparecía sonriente mostrando sus rayos plateados de cuarto creciente reflejados sobre su cristalina superficie. Este panorama contemplado en toda su magnitud era de
una belleza extraordinaria quizá nunca visto en otro lugar del mundo. Alrededor del lago se veían las múltiples siluetas de colinas y montañas que conformaban este maravilloso espectáculo y dentro
de las montañas se escuchaba el concierto nocturno protagonizado por diferentes clases de animales que deambulaban de un lugar a otro en busca del sustento imprescindible para unos y para otros el momento propicio para cortejar a la hembra dándole más descendientes.

En esa bellísima como inolvidable noche. no cabe duda que Paco Pérez se hubiera inspirado magistralmente en una composición parecida a la “Luna de Xelaju” o en muchas mas arrobado por tantos estímulos sublimes proporcionados por la misma naturaleza. Ante aquella tranquilidad que convidaba a descansar sobra el tenue vaivén de sus lánguidas olas, creo que me dormí un rato pues el cansancio, la emoción de ver tanta maravilla y quietud transparente de sus aguas era un espléndido aliciente para entregarse felizmente en los dulces brazos de Morfeo. Desperté súbitamente como consecuencia de los gritos que dieron los colegas al escuchar el ruido de un motor al otro lado de la laguna. Sorprendido les pregunte; ¿por qué -gritan tan fuerte compañeros? Y ellos, muy contentos por cierto, me respondieron que se oía el ruido de un motor bastante lejos. Todos hacíamos silencio para escuchar con más atención el ruido de ese motor que se acercaba cada vez más, pero cuál sería nuestra sorpresa que la lancha pasó de largo sin hacernos el menor caso; esta lancha iba rumbo al El Remate. pero conforme se iba alejando vinieron enseguida los comentarios: Si sería Manuel o alguien se sospecha de ser un primo del Dr. Baldizón que vivía por esos lares y que posiblemente regresaba con unos cuantos mechazos entre pecho y espalda de la feria. pero Salvador insistía en que era su hermano Manuel y que para podernos localizar era necesario dar la vuelta por El Remate y recogernos a su regreso. En el preciso momento en que mis compañeros dieron esos estridentes gritos, inmediatamente salió Ramón en su cayuco y dirigiéndose hacia donde nosotros estábamos, nos pregunto muy preocupado: ¿Qué les está pasando, señores? ¿Algún problema grave? No, querido amigo -ie respondimos nosotros, nuestros gritos eran porque nos dimos cuenta que pasaba una lancha no muy lejos de aquí ir pensamos que era la que vendría a buscarnos. Quédate aquí con nosotros le insinué- pues con tu linterna podemos ser mejor visto cuando regrese el motorista. Mientras tanto, el ruido del motor menguaba paulatinamente conforme se iba alejando. Todos quedamos en un completo silencio y atentos por si esta pequeña nave regresaba en cualquier momento por nosotros. Sin embargo, nuestras esperanzas seguían invariables porque confiábamos en Dios, nuestro único consuelo y protector.

En aquel profundo silencio comencé a recordar que el hospital se había quedado a merced de las enfermeras por no tener otro colega que hiciera mis veces y haciéndome esta pregunta, me dije así mismo. ¿Por qué había dejado el hospital por tanto tiempo sin medico? En aquellos momentos de zozobra y angustia nosotros seguíamos a la espera de una luz que vislumbrara en el horizonte. En eso Ramón empezó a moverse del lugar de donde estaba como queriéndose cambiar. ¡No jodás muchacho! le dije bastante asustado- porque si te vas al fondo nos lleva la que nos trajo porque nos quedaríamos sin linterna, no sólo que no la quieres vender a pesar de pagártela a un buen precio. ¡No mi doctor! -me dijo sonriéndose respetuosamente- Yo me estoy retirando de aquí porque en el fondo de la laguna hay tres grandes lagartos y por esa razón me estoy quitando de la orilla. ¡Hijo de hijo de la madre¡ otro problema que se nos viene encima – dije demasiado sorprendido-, ¿Qué hacemos si estos animales suben a flor de agua e intentan atacarnos? Ya me habían contado muchas veces que en Petén habían muchos lagartos y a sus cazadores les decían lagarteros. Estos los cazaban por lo precioso de su piel, su carne apetecida; de su piel elaboraban bonitos zapatos, bolsas, cinchos y otras prendas
de vestir. Los mexicanos no vacilaban en pagar un buen precio estos objetos hechos artísticamente por manos peteneras.

En ese preciso momento sentí que la lancha se movía demasiado. Les grité a los compañeros que no se movieran porque la lancha estaba propensa a dar vuelta y hasta con posibilidades de caer a1 agua y ser delicioso bocado en la trompa de estos terribles animales. Bastante impresionado por el peligro que corríamos, me volví a hacer la misma pregunta ¿Por qué diablos acepté la invitación si ninguno me estaba obligando? ¿Dónde tendría yo la cabeza en ese momento o estaría loco de remate? Cosas veredes. Sancho. Todas estas interrogantes deambulaban por mi confusa mente… cuando escuchamos que el ruido de un motor se acercaba hacia nosotros y con la ayuda de la linterna de nuestro amigo Ramón logramos identificar al conductor… ¡Es Manuel muchachos…… es Manuel¡ -grito Salvador eufórico de alegría. Y efectivamente era él que con una sonrisa de felicidad llegaba hasta nosotros; pero esta sonrisa se eclipsó de inmediato cuando Salvador -su hermano le dijo: ¿Y por qué hasta ahora estás viniendo muchacho? ¿No te das cuenta de la jodida que hemos llevado? Sí, comprendo hermano -le respondió Manuel con cierta pena y preocupación pero la lluvia ha sido muy fuerte y continua que no me había permitido salir más temprano. Acto seguido se colocó a la par de nuestra lancha e inmediatamente yo cambié de cayuco porque el otro era más largo, ancho y con mejores comodidades.

Ya más tranquilos y felices por este encuentro, Salvador, arrepentido de su mal proceder le dijo a su hermano: “mira hermano Manuel, perdóname las ofensas y la enjabonaba que te di que no sé como me salieron y usted, querido maestro, discúlpeme también lo desagradable de mis palabras pues usted, mejor que ninguno sabe perfectamente que lo momentos difíciles que hemos vivido nos tienen de mal humor. No se preocupe amigo Salvador, yo también quiero disculparme con ustedes por las palabras nada recomendables que le dije a mi hijo: yo creo que debemos poner punto final a esta serie de incidentes que ya es parte de nuestra historia, además yo lo considero como ingrediente sazonador de esta recordada como inolvidable aventura

Antes de iniciar nuestro ansiado retorno Manuel tuvo necesidad de pedirle ayuda a Ramón para que conjuntamente con nosotros y su lanchero -un humilde hombre entrado en años de nombre Chico López-, colocáramos un par de reglas con el fin de encauchar ambas naves y posteriormente amarrarlas con unos fuertes lazos que llevaba Manuel. En esta forma, los dos vehículos quedaron unidos y listos para emprender la marcha. Yo, como siempre previsor de cualquier otro percance, me coloqué en el lugar más seguro del cayuco de Manuel, juntamente con Salvador y Chico López y en esta forma emprendimos el regreso a Ciudad Flores no sin antes despedirnos del gran amigo Ramón a quien le agradecimos todo 1o bueno que se portó con nosotros.

Nos encaminábamos todos contentos hacia la isla, pero yo veía que la lancha donde iban el doctor Pérez Avendaño y su hijo paraba la trompa y la cola casi a ras del agua donde se encuentra el motor. No quise decir absolutamente nada para no pecar de ignorante, pues tanto Manuel como Salvador fijaban más su atención en el recorrido de nuestro cayuco y la manera en que se conducía. Durante este recorrido el agua ya penetraba insistentemente dentro de la lancha, pues la hielera y la cámara nadaban coquetonamente sobre el agua juntamente con los peces que habíamos agarrado y que si éstos hubiesen estado vivos con mucha facilidad habrían regresado a la laguna dejándonos con un palmo de narices. En ese momento el doctor Pérez Avendaño asombrado por 1o que sucedía, exclamó: ¡Compañeros, la lancha se va a hundir, ya le ha entrado mucha agua y el motor corre peligro de zafarse e irse a la profundidad de la laguna…! Inmediatamente Salvador le ordenó a Chico López que detuviera la marcha, con el objeto de evitar la posibilidad de perder el motor y la lancha. Interviniendo como siempre, yo les sugerí al Dr. Pérez Avendaño y a su hijo que se pasaran al cayuco donde nosotros íbamos para mayor seguridad. pues todavía no había terminado de decir la última palabra cuando ya los teníamos a la par nuestra. Sujetamos bien la lancha al cayuco, achicaron el agua que había penetrado en la pequeña nave y el motor de unos cuarenta caballos de fuerza – se pasó rápido al cayuco.

Continuamos el camino en medio de múltiples vicisitudes. pero a lo lejos veíamos ya el rutilar intermitente de las luces de San Andrés y San José. Al pasar por el boquerón donde la laguna yace más tranquila encontramos a mucha gente de San Andrés y lugares circunvecinos que regresaban de la feria bien cubiertos por el frío, un frío que se hace más intenso mayormente cuando se soporta ese aire helado provocado por la velocidad de las canoas de motor. Cada grupo que pasaba cerca de nosotros siempre nos decían: “Adiós señores, tengan mucho cuidado” sin saber quiénes éramos, pues a pesar de que la noche se manifestaba espléndida con una luna que irradiaba sus rayos plateados no nos dábamos cuenta quiénes nos despedían tan amablemente. Más adelante y a determinada distancia. comenzamos a ver las blancas luces que fulguraban sobre la bellísima e incomparable Isla de Flores -La Perla Itzalana-, dándonos la impresión de apreciar en lontananza a un pastel de luces.

¡Por fin llegamos a las riberas de Ciudad Flores…l Ya pueden ustedes imaginar las tristes condiciones en que llegamos. Pero cuál no sería nuestra enorme sorpresa ver a mucha gente aglomeraba en la playa que nos recibía. Esa noble multitud que a sus oídos había llegado la información de que ya nos aproximábamos a Flores, bajó presurosamente del salón de baile para festejar nuestro regreso sanos y salvos, porque muchos vecinos del lugar ya nos creían muertos en el fondo de las aguas del gran Chaal-tun-há.

¡Gracias al Divino señor que ya ustedes están aquí perfectamente bien¡ Decían muchas señoras y señoritas luciendo encantadoramente sus finos y llamativos trajes. En ese tiempo el Salón de Baile no era más que una amplia y bien conformada galera que se construía cerca de la antigua municipalidad y de la actual Gobernación Departamental. Así mismo, otras personas preocupadas por el riesgo en que anduvimos metidos en esta intrépida aventura, nos manifestaron que los directivos del Comité no querían iniciar el baile hasta no tener información concreta de nuestro paradero porque muchos, como lo hemos dicho anteriormente nos creían estar inaugurando la otra feria con San Pedro.

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