LA HERENCIA DEL TIO

Posted on octubre 30, 2011

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LA HERENCIA DEL TIO

JULIAN A. PINELO

Y ahora niños…

Así comenzó su cuento aquella noche lo buena señora doña Emilia, rodeada de sus diez o doce nietezuelos, que la escuchaban siempre con angelical arrobarmiento, Doña Emilia acostumbraba contarles cuentos todos las noches a sus nietos, así para evitar que solieran a corretear por las calles y molestar a los vecinos, como principalmente, para corregir sus infantiles desvíos e ir modelado aquellos almitas en flor, por miedo de relatos morales e instructivos,

con los cuales salía siempre triunfante la virtud, lo honradez, la ciencia y el valor: todo lo cual debería influir poderosamente en sus ánimos para que mas tarde alcanzaron ellos el dictado de buenos, que vale más que el de grandes.

— Abuelita -,dijo Manuelín, uno de los rapaces más vivarachos del gremio— ahora queremos que nos cuentes cuando Balboa descubrió el mar del Sur.

No, -se apresuró a decir Juanito mejor nos dices quién inventó el automóvil, o quién descubrió el Polo Norte.

-Yo te ruego —objetó Emilito, sacudiendo su melena rubia y mostrando su dentadura de marfil.–que mejor nos cuentes algo del Hermano Pedro, aquel humilde betlemita de la Antigua Guatemala

.

–¿Queréis guardar silencio? — repuso la abuelita¡ – . Esta noche he elegido para contaros , no un relato de batallas guerreras, no de conquistas, ni de inventos, ni la vida de algún hombre célebre, sino algo más sustancioso y estimulante para ustedes, algo nuestro que nos pertenece; un sucedido que yo presencié hace algunos años y que no he olvidado nunca, según fue de ejemplar y digno de recordarse.

Estadme, pues, atentos y quiera Dios que se os grabe en la memoria.

Los chicos se acomodaron lo mejor que puderon alrededor de la abuelita y está comenzó así su relato.

—Allá en tiempos pasados, nació, vivió y murió en esta isla uno de los ciudadanos más distinguidos del departamento. Llamábase don Francisco de Paula Fernández y era de conducta intachable y rectilínea, sencillo y servicial, de natural bondadoso, compasivo y amigo de hacer el bien; que durmió que derramó por todas partes los tesoros de su bondad; y que, no obstante, sufrió en sus postrimerías los golpes de la calumnia y de la persecución.

Gozó de relativa comodidad; pero a las últimas, murió pobre, dejando como único capital un nombre inmaculado que legó a sus familiares; nombre que no pudieron obscurecer la diatriba, no las pasiones de gentes vulgares que quisieron inúltimente empequeñecerlo.

Este nuestro don Francisco había cumplido los ochenta años de una vida apacible y honrada, después de haber prestado sus servicios a la nación en diferentes puestos de la administración pública; de colaborar en todo lo que significaba progreso y cultura de sus pueblo; de viajar por otras partes; de hacer el bien a propios y extraños; y de cultivar su inteligencia con la lectura de buenos libros y el trato con gentes ilustradas que lo honraban con su amistad: siendo buena prueba de ello un pequeña pero selecta bibliotreca que poseía y que había logrado formar a fuerza de empeños y de dispendios económicos.

Su buen padre y su virtuosa mujer habíanlo precedido en el viaje eterno, y sólo le quedaban unos sobrinos por toda familia.

Vivía modestamente en su casa de la calle X, a donde iban a verlo en constante y cariñosa romería sus familiares y amigos, y los que de una u otra manera habían recibido beneficios de sus manos.

No abrigaba odios ni resentimientos contra nadie, y probablemente no los tuvo nunca, de suerte que sus días se deslizaban suavemente, “como los ríos que van a dar a la mar, que es el morir…”

Cosa rara: mantenía una lucidez admirable de sus facultades mentales, recordando y refiriendo los sucesos de que había sido testigo; por todo lo cual era visitado por no pocos forasteros y jóvenes de la lcalidad que querían oír su conversación agradable y amena. Su palabra tenía el sello de la verdad, y nunca transigió con la mentira, no con los hombres manchados.

Pero enfermó un día de gravedad. Su casa llenóse de genete de todas las clases sociales interesada por su salud y por ver, acaso por última vez, al amigo sincero, al hombre servicial, al mimado de la familia.

Entre los visitantes encontrábase un abogado foráneo que sentía por él especial deferencia, quien fue requerido por los familiares para recoger la última voluntad del enfermo.

Consultado èste, aceptó de buen grado, no sin mostrar en sus labios una sonrisa enigmática.

Al efecto, constituyóse el Escribano en su cuarto, provisto de su protocolo y asociado de los testigos instrumentales para extender el testamento. Pero, hombre escrupuloso y cumplidor de la ley, no dio principio a la escritura sin antes examinar y cerciorarse plenamente de que la capacidad mental y volitiva del paciente eran completas. Y así rogóle que le hiciera una breve relación de su vida pública y de los principales pasajes de su vida como simple ciudadano, a lo que accedió don Francisco, incorporándose en su lecho.

Interesante e ilustrativa fue la relación que por espacio de cerca de una hora hizo don Francisco de Paula Fernández, la cual fue escuchada por el notario y por todos los presentes, con devoto recogimiento.

Había mucho más que referir; pero el notario le interrumpió, pensando que con lo dicho era suficiente para convencerse de que el enfermo gozaba de la plenitud de sus facultades mentales que la ley requiera y él deseaba descubrir. Y siendo ya avanzada la hora de la noche, el escribano estimó que era ya tiempo de ir derechamente al fondo de la cuestión, cual era: la declaración de sus bienes y correspondiente distribución.

Y dijo el testador:

–¡Muy bien! ¡Está usted perfectamente! Veo que ha sido usted un hombre honrado y digno; que ha prestado importantes servicios a la patria y a su pueblo; que por causa de su rectitud y entereza de carácter ha sufrido molestias; y que su vida pública y privada pueden servir de modelo a las presentes y futuras generaciones. Por todo lo cual lo felicito, asegurándole que se ha conquistado usted un puesto prominente en la sociedad, y para más tarde, un título a la admiración y respeto de la posteridad.

–Gracias, señor licenciado, contestó Francisco. No creo que sea yo acreedor a tantos méritos; paréceme que usted exagera demasiado. Soy el primero en reconocer mis defectos y errores y no juzgo ajenas a mi persona las debilidades de los hombres. Lo que si puedo asegurarle, y yo lo declaro hoy enfáticamente, es que nunca fue mi intención faltar a mis deberes, y las veces que desafortunadamente tuve que chocar con la autoridad en determinados momentos, lo hice bien a mi pesar, por obedecer a los imperativos de mi educación y por creer que la misma autoridad se separaba del plano de lo justo y debido. En todas los demás circunstancias de mi vida quise ser y fui respetuoso a las leyes y a las autoridades, como que la mayor parte de ellas me distinguieron siempre con su aprecio y amistad.

–Así es la verdad- repuso el cartulario- Usted fue víctima inocente de las sospechas injustas, de los celos y de las injustas, de los celos y de las prevenciones contra el mérito. El mundo fue y será así: ingrato. Pero no hablemos más de eso y vamos al gramo.

–¿Cuáles son los bienes de fortuna de que va usted a disponer y a quién o a quiénes quiere adjudicárselos?

–¡Más bienes de fortuna!—repitió don Francisco, como olvidado de lo que se estaba tratando. Y luego concentrando su pensamiento agregó: Cómo el apóstol, no tengo oro ni plata; sólo tengo mi nombre, y éste se lo dejo a mis sobrinos…Usted sabrá si esto se puede escribir…

El notario quedó un instante confuso, abismado en reflexiones y sin saber qué decir. Era caso insólito, imprevisto. Pero, salido de su confusión y haciéndose cargo de la situación, sintió que las fibras de su corazón de hombre honrado se conmovieron, y lleno de emoción levantóse para ir a abrazar al venerable enfermo, diciéndole con voz entrecortada.

–¡Dichoso de usted, don Francisco, que puede legar a los suyos un nombre sin mancillar…! ¡Y dichosos de sus sobrinos que pueden heredar de usted tan rico tesoro, mas valioso y preciado que todas las riquezas de los Vandervildt, los Rockefeller y los Carnegie juntos…!

En aquel momento el enfermo sufrió un vértigo. Su cuerpo se balanceó como una llama al soplo del viento; cerró los ojos y cayó suavemente de espaldas sobre los almohadones, víctima de una afección cardiaca fulminante, en medio de la consternación de todos los circunstantes. ¡Estaba muerto!

Y al retirarse el notario con sus papeles en blanco debajo del brazo, detúvose en la puerta para enjugarse una lágrima que congeló en su mejilla el frío de la noche…

Doña Emilia terminó su cuento.

Un silencio de tumba reinaba entres sus nietos.

Ella misma ya no podía hablar; le temblaban los labios por la emoción, y gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.

Miro a su alrededor, y vió que los niños también lloraban, con ese candor, sinceridad, inocencia propia de sus pocos años.

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